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Foto Principal: 930757
BUENOS DÍAS

Costa Rica en chiquito


Juan Fernando Cordero
jfcordero@nacion.com


Cualquier parecido de la historia siguiente con la vida real, no es coincidencia. Es verdad.

Un día cualquiera para pedir una certificación me conduce al Ministerio de Hacienda.

Ahí, una señora, en tono muy amable, me indica que me falta el timbre de... de algo que ahora no recuerdo, pero que puedo conseguirlo fuera del edificio, con el señor que vende frutas.

Salgo del antiguo Banco Anglo todavía optimista de que la gestión puede completarse en poco tiempo, pero ese anhelo empieza a disiparse cuando el tipo (ya no señor) del puesto me extiende la especie fiscal y me cobra ¢100.

“Aquí dice ¢20”, replico, mostrándole el valor impreso.

Sin pronunciar ni media palabra, el vendedor me devuelve la moneda, abre su mano para que yo le reintegre el timbre y sigue voceando sus productos.

Envalentonado y no dispuesto a ceder a su acto extorsivo, insignificante por el monto, pero extorsivo a fin de cuentas, me acuerdo de un negocio de impresiones al costado oeste de la CCSS donde una vez hice una compra similar y allá me dirijo, solo para comprobar que es hora de almuerzo y ellos cierran a la hora de almuerzo.

“En la Lehmann o la Universal arreglo el asunto”, pienso, pero no es así. En ninguna de las librerías venden los modestos pero imprescindibles timbres, y me enrumbo entonces al Banco Crédito Agrícola frente al parque Central, al parecer encargado de esas transacciones, según me advierte uno de los guardas de la Universal.

Otra decepción: cerca de 15 personas para un solo cajero.

Para entonces ya ha pasado el almuerzo y calculo que el negocio cerca de la Caja hará por fin el milagro de dotarme de la vital estampillita de ¢20.

“Ya no vendemos timbres”, es la respuesta que recibo.

De vuelta en el Ministerio, decidido a recoger los papeles y volver otro día, tergiverso la historia para no parecer tacaño: el frutero no tenía y no los pude conseguir en ninguna otra parte.

La señora, posiblemente compadecida de mi largo recorrido y tribulación, saca uno suyo y me lo regala.

¿Cuánto cuesta el tiempo de todos los que tratan de conseguir tan inocuo papelito y no se pliegan al capricho del vendedor callejero?

Extrapole Ud., estimado lector, esta anécdota a otros campos y entenderemos mejor por qué estamos como estamos.

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