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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com Las relaciones entre padres e hijos, esposos y esposas, patronos y empleados, están sufriendo quebranto en Costa Rica. Vamos por mal camino. Así lo demuestran algunas recientes e infaustas noticias. Se abre el cortejo con el nunca bien ponderado caso de un viceministro, cuya esposa debió afrontar solita la homérica tarea de lograr, en un solo día, cuatro ascensos en su “carrera” de educadora. ¿Cómo es posible que su esposo, en la cúpula del poder ministerial, no acudiera en su ayuda? Lo contrario del amor no es el odio, como se sabe, sino la indiferencia. La carencia de auxilio del esposo a su cónyuge puede encontrar alguna explicación en la rutina. La rutina –pátina del tiempo que todo lo corroe– es la muerte del alma. Esta desafección es extraña, sin embargo, entre los padres y los hijos. Contrista el ánimo, por ello, escuchar a una diputada decir, olímpicamente, que ella ignoraba los afanes de sus dos hijas en busca de sendos nombramientos en el MEP. Bien está que los pajaritos se liberen del nido para surcar el espacio, pero ¿por qué no echarles, en su primer vuelo, una manita para que salgan airosos en las primeras acometidas de las tempestades de la vida profesional? Ahí está, en otro plano, en Guanacaste, el triste episodio de una dama regidora quien, urgida de un vehículo para atravesar esas llanuras que tientan al infinito, tuvo que comprárselo a un empresario, siendo su esposo el alcalde. ¿Hay un momento más dulce, bajo techo, que la unión de los esposos frente al reto de comprar un carro? Toda la familia exulta y hasta la abuelita cobra nuevos bríos. El advenimiento del ídolo moderno a la cochera es el clímax, como el nacimiento de un hijo. ¿Por qué la indiferencia? Hay más. El desamor con que el esposo le entrega un cheque millonario, generalmente en dólares, a la esposa, pero le oculta a la pobre el origen de la plata. ¿Por qué atizar su imaginación? ¿Acaso el trabajo no honra? Tenemos también el caso de un diputado que nombra a su asesor en su pueblo con oficina y todo, mas este le encubre sus andanzas en los nombramientos o en el trasiego de bonos de vivienda, y deja a su patrono como un petate frente a la opinión pública. ¿Qué mayor ingratitud? En cambio, ¡qué diferencia! ¡Cómo planearon los hermanos Salas, de Heredia, juntitos, su papeleta diputadil, uno al lado del otro, y cómo, pensionado uno curulescamente, lo siguió el otro para engrosar, en pocos meses, su pensión de educador. Eso es amor fraternal. Con este ejemplo luminoso nos despedimos. Renace la esperanza.
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