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De la alarma a la acción El SOS contra la inseguridad ciudadana se ha reiterado, pero el Estado y la política se adormecieron por añosQuienes entorpecen la solución de los problemas de fondo son cómplices de su acumulación y agravamiento Cuando instamos a los diputados a votar las leyes en el momento oportuno, conforme al buen juicio y el interés público, en vez de postergarlas, en aras del cálculo político, personal o ideológico, surgen diversos pretextos para explicar lo que no es sino desnaturalización de las potestades legislativas. La desnaturalización es, como se sabe, una forma de corrupción. Los hechos, sin embargo, se encargan de dar su veredicto. Desde hace muchos años, el Poder Ejecutivo y la Asamblea Legislativa le están dando vueltas a la noria de los mismos problemas, con las mismas lamentaciones, con iguales promesas y con parecidas consecuencias: el agravamiento de las patologías sociales. Este es el caso de la inseguridad ciudadana, un filón, como se ha visto, para estudiosos, diagnósticos y compromisos. Y hasta ahí. Hemos estado lejos, sin embargo, de acometer su solución no digamos en forma integral, una utopía, sino con acopio de los mejores recursos interdisciplinarios y de experiencia acumulada, dentro y fuera del país. Mientras tanto, pasa el tiempo y lo que debió resolverse hace años consume las energías de unos y otros: de sus defensores, preocupados por su dilatación irracional, y de sus adversarios, interesados en bloquear esta y otras soluciones prioritarias. Entre estas se encuentra, en lugar preferencial, la angustia de la inseguridad ciudadana, de los ciudadanos y de las familias, esto es, el derecho humano a la vida, a la integridad física, a transitar con libertad y seguridad, a la convivencia. Estos bienes superiores han venido a menos y, lo que es más grave, hay sectores empeñados en otros combates, cercanos a sus intereses y extraños al bien común. La delincuencia, grande y pequeña, ha estado de fiesta. Observamos así con estupor que, como lo expresó, en nuestra edición del sábado anterior, el fiscal general, Francisco Dal’Anese, las reformas al Código Penal Procesal se encuentran atascadas en la Asamblea Legislativa. Mientras tanto, algunos diputados inventan mil y una mociones para entorpecer la labor legislativa. En lo tocante al Poder Ejecutivo, un vistazo a administraciones anteriores nos explica el porqué del agravamiento de grandes problemas actuales. Al parecer, la preocupación por el interés público quedó asfixiada por otros intereses. En el campo de la seguridad ciudadana, el funcionamiento del Ministerio de Seguridad Pública, por ocho años, como se ha denunciado, fue uno de los principales focos de inseguridad por su ineficiencia y desorientación. No hace falta repetir la letanía. Por otra parte, la respuesta a la inseguridad ha estado teñida de emotividad y de simplezas, desde las propuestas apresuradas para aumentar las penas y así salir del paso hasta la evasión de culpar de todo a los jueces, como si un desafío tan vasto no exigiera una labor solidaria e inteligente de expertos y funcionarios de todo linaje, sin caer, por supuesto, en la pretensión de las soluciones perfectas o milagrosas. Apelemos, por ello, al buen juicio, el cual nos dice, como lo expresó ayer el ministro de Seguridad Pública, Fernando Berrocal, que una de las causas principales de la inseguridad actual es la impunidad, entre otras, de las contravenciones reiteradas, semillero de delincuentes y motivo de decepción y descrédito del Estado. ¿Qué hacer? En primer lugar, reconocer la magnitud del desafío y, de seguido, actuar. En este sentido, las declaraciones de ayer en este periódico del presidente de la Corte Suprema de Justicia, del ministro de la Presidencia y del Fiscal General deben inspirar la acción coherente, conjunta, objetiva y eficaz. La delincuencia común y las mafias no llevan un buen trecho en organización, equipo y “seguridad”. Ojalá los diputados y políticos refractarios al cambio entiendan la gravedad de los problemas nacionales y contribuyan a la búsqueda de las soluciones mejores y más oportunas.
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