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Marx, ¿el profeta?


Mauricio A. Soto Rodríguez


Desde 1848 mucho habrá cambiado el mundo. Sin embargo, en su libro,The World is Flat, Thomas Friedman arriba a una conclusión asombrosa. Después de estudiar los distintos grados de globalización que el mundo ha estado viviendo y sus tendencias se percata de que, salvando diferencias de matices, Marx se le había adelantado en el Manifiesto Comunista al decir que la burguesía, con sus mercancías baratas y ánimos expansionistas, iba a derribar fronteras nacionales y credos religiosos al convertir el mundo en un solo gran mercado. A diferencia de Friedman, Marx espera que se dé la gran revolución una vez que no haya consuelos religiosos ni desahogos patrioteros y la verdadera opresión (la del capitalista) quede desvelada.

Friedman analiza lo que a su juicio son las diez aplanadoras del mundo actual que están volviendo más horizontales, creativas y colaboradoras las sociedades verticales.

Estas diez grandes aplanadoras son la caída del Muro de Berlín; la aparición de Netscape; compatibilidad entre softwares distintos; el outsourcing (India); el offshoring (China); las comunidades abiertas (Firefox, Apache); insourcin g (UPS); cadena de suministros (Wal Mart); información total en tiempo real (Google); y, por último, se necesitan de los “esteroides” que son aparatos como los celulares inteligentes que integran lo digital, lo móvil, lo personal y lo virtual y catapulta las nueve aplanadoras citadas anteriormente.

Lección final. A los ojos de Friedman, en el futuro la globalización irá alisando lo que uno empieza a entender por mundo plano al ir este adaptándose rápidamente a los procesos y tecnologías y comenzando a marchar hacia delante sin miedos o amenazas por organismos multinacionales como el FMI.

Sin embargo, Michael J. Sandel, de la Universidad de Harvard, le da una lección final a Friedman que este tiene la amabilidad de incorparar al final del libro. El error que Marx cometió, hace más de siglo y medio atrás, lo vuelve a repetir Friedman: aplanar el mundo es una combinación de resultados buenos y malos. Buenos en el sentido que ya señalamos en este artículo y malos porque muchas de estas ineficiencias que conviene “aplanar” son, por lo general, instituciones, hábitos, culturas y tradiciones que la gente carga consigo porque reflejan valores no mercantiles como la cohesión social, la fe religiosa y el orgullo nacional. Si los mercados globales y las nuevas tecnologías de la comunicación aplanan estas diferencias, nos podríamos perder de algo importante.

La humanidad debe escoger el tipo de globalización que desea y determinar cuáles son las ineficiencias que queremos aplanar y cuáles las ineficiencias que debemos preservar. Estos temas dejan pendiente un gran debate político a fondo que parece hacer cobrar vigencia la reciente decisión del papa Benedicto de mantener inalteradas ciertas costumbres de la Iglesia. Definitivamente, hay absolutos, no todo se puede relativizar.

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