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El beso de Calígula Fernando Durán Ayanegui Hubo señales de perplejidad entre quienes oímos al joven profesional cuando se jactaba de haber recibido, de un político al que había servido con canina fidelidad, un regalo muy singular: la propiedad de un apartamento recién construido. Explicó, eso sí, que no “venía” amueblado, lo que descartaba la posibilidad de que su caso trajera a cuento aquella antigua tonadilla madrileña: “elseñó es tan generoso//que hasta un piso me pondrá ”. Releo elBreviario de los vencidos , del franco-rumano E. Cioran, y descubro en él algunos matices que no advertí en lecturas anteriores. Es lógico: se trata de un poeta cuyos textos, como dotados de vida propia, se adaptan con el paso del tiempo a las cambiantes circunstancias del mundo. Creo que, sin quererlo, en un párrafo dedicado al más depravado de los emperadores romanos, Cioran esboza un panegírico de Calígula y recrimina al historiador Suetonio por haber intentado denigrar al deplorable César relatando que, cuando el tirano besaba en el cuello a su esposa o a una de sus amantes, le susurraba que él tenía el poder de hacerle cortar la cabeza. No es, entonces, aventurado suponer que, cuando Calígula le concedía favores a un hombre, se garantizaba su fidelidad con la amenaza de despojarlo de cuanto le estaba concediendo, un equivalente al asesinato ya que, como en los actuales, en aquellos tiempos la vida se reducía, para muchos cortesanos, al incómodo y apresurado disfrute de unas pocas migajas tiradas bajo la mesa del amo. “Nombrar cónsul a su caballo ¿no es acaso un juicio válido sobre los hombres?”, se pregunta el poeta recordándonos que Calígula le concedió, sin que el Senado se opusiera, tal dignidad a su cabalgadura. No deben sorprendernos, por lo tanto, los intelectuales ni los artistas que se rompen las manos aplaudiendo con entusiasmo a los Calígulas contemporáneos cuando estos dan tono ecuestre o pecuniario a la concesión de títulos y magistraturas. Con oportunista sentido histórico, esos intelectuales y artistas parecieran aceptar de buen grado que a ellos mismos se les trate en los palacios con mezquindad y desprecio (no en balde afirma Cioran que, con el tiempo, las víctimas del pasado pasan a ser mero espectáculo). Que sepamos, en la actualidad no es costumbre besar en el cuello al favorecido por una designación o un privilegio áulico y, por su parte, Suetonio no aclara si Calígula, que hasta contrajo matrimonio con un esclavo liberto, le concedió alguna vez un favor a un hombre sin antes haberle susurrado una amenaza.
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