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EDITORIAL

Una Europa renovada

A los 50 años del Tratado de Roma, la integración muestra sólidos logros
El futuro demanda nuevas dosis de creatividad, apertura y crecimiento


Europa celebra hoy 50 años de uno de los mayores logros geopolíticos, sociales, económicos e institucionales de la historia contemporánea: la suscripción del Tratado de Roma por parte de Alemania, Bélgica, Francia, Italia, Holanda y Luxemburgo. Con este documento quedó constituida la Comunidad Económica Europea, promisorio origen de un proceso ininterrumpido convertido hoy en la Unión Europea (UE). De sus seis miembros de entonces, ha pasado a 27. De luchar por desarrollarse en un continente aún traumado por la Segunda Guerra Mundial y dividido por la política imperial de la Unión Soviética, su geografía de libertad va desde el Atlántico hasta la frontera rusa, el Báltico y el Caspio. Y, de ser un mercado común, ha llegado a convertirse en una compleja estructura de unidad económica y (en menor medida) política y social.

Por todo lo anterior, los 27 jefes de Gobierno y Estado que se reunirán hoy en Berlín --bajo la presidencia temporal de Alemania--, para conmemorar este emblemático aniversario, tienen razones de sobra para la celebración. También las tienen sus pueblos y el resto del mundo democrático. En Europa está la cuna de nuestros principales valores de libertad; su éxito los impulsa en otras latitudes y sirve de inspiración para la búsqueda del desarrollo desde la democracia, el intercambio y el respeto mutuo.

El desarrollo del proceso de unidad europea es ejemplar no solo por sus resultados, sino también por su conducción, con una mezcla de visionarios objetivos e ideas-fuerza de gran calado, pero impulsados con realismo y sentido de oportunidad, siempre con la democracia y el respeto al Estado de derecho como exigencias. Por esta vía, se han ido unificando políticas de la más diversa índole, entre ellas la unión monetaria y la creación de una moneda común (el euro), hoy la unidad oficial en 13 de sus países.

Este proceso, sin embargo, sufrió un sólido revés a mediados del 2005, cuando los votantes de Francia y Holanda, en sendos referendos, rechazaron el proyecto de Constitución europea que ya habían ratificado otros miembros, y muchos más se aprestaban a someter a consulta. ¿Fue la suya una actitud de rechazo hacia el concepto de unión europea? Quizá solo en muy pequeña parte. Porque, en gran medida, se trató de votos de castigo contra sus respectivos Gobiernos, de desconfianza e incertidumbre hacia la ampliación de la UE y, quizá también, de un clamor por instituciones continentales más ágiles y cercanas a los ciudadanos. Es decir, fue más un rechazo hacia ciertas decisiones y formas de actuar, que hacia el objetivo de la integración. Y tuvo la virtud de dramatizar la necesidad de renovación a que están obligados los líderes europeos, tanto a escala nacional como continental.

Claramente, se necesita que los mecanismos institucionales de la UE sean más eficaces, transparentes y prácticos. Pero la tarea es mucho más amplia. Se requiere, al menos, que países líderes, como Alemania, Francia e Italia, se liberen de rigideces burocráticas y laborales y de nuevo sean grandes motores de crecimiento; que se promuevan más intensamente la competencia y la innovación; que terminen las absurdas políticas de subsidios y protecciones agrícolas, mediante las cuales los agricultores de países más pobres pagan por el bienestar de los europeos; que la UE asuma el costo de su propia defensa y de su colaboración con la paz mundial; que se coordinen mejor las respuestas ante la inmigración, y que se mantenga una voluntad de ampliación de la Unión que, eventualmente, conduzca al ingreso de Turquía.

Si a lo anterior sumamos muchos otros desafíos, resulta evidente que la ruta por delante, aunque siempre promisoria, también presenta varias dificultades. Pero un conjunto de países que han sido capaces de avanzar tanto tienen todas las condiciones para seguir adelante. Para hacerlo, la mayor necesidad es de liderazgo político y capacidad de convicción democrática. Son estas las claves para que la renovación europea nunca cese, y los gobernantes reunidos hoy en Berlín deben impulsarlas con vigor.

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