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Diego Víquez: Lecciones de vida La formación espiritual debe formar parte del mundo de los valores esencialesAdrián Chinchilla Miranda Exalcalde de Escazú (1998-2002) En junio de 1998, asumí la Alcaldía de Escazú (período 1998-2002), gracias a un concurso de antecedentes promovido por la Yunta Progresista Escazuceña. El procedimiento utilizado por estos visionarios vecinos anticipaba el fin del clientelismo, corruptelas y demás vicios en dicho municipio. La quijotesca labor de modernización y saneamiento emprendida en dicho período por este grupo de regidores, apoyada por funcionarios municipales, vecinos y otros colaboradores, le valió a la Municipalidad de Escazú el reconocimiento, por parte del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), como “municipio modelo” a escala latinoamericana (Feria de Gobernabilidad y Desarrollo Local, Guayaquil 2004). Muchas fueron las lecciones de vida que acumulé en esos años. Pero existe una que recuerdo con especial afecto y gratitud. Visitó mi despacho un filósofo soñador, quien, con gran pasión y pragmatismo, me entusiasmó con la idea de que era posible inculcar ética y valores mediante la institución municipal: “Te propongo establecer un programa de capacitación en ética ciudadana; comenzaremos en la Municipalidad y continuaremos en escuelas y colegios del cantón”, me dijo. Crecimiento personal. Fue así como los 155 funcionarios municipales, operarios de recolección de basura o de obras públicas, técnicos y administrativos recibimos, durante semanas, abundante y enriquecedora formación espiritual que debe formar parte del mundo de los valores esenciales de mujeres y hombres de nuestra sociedad. Ese extraordinario aporte a la formación cívica de Escazú se hizo bajo la sabia y acertada guía de Diego Víquez Lizano, hasta el pasado viernes presidente ejecutivo del IMAS. Gracias a él, aprecié aún más la función pública y fortalecí mi formación con los mejores valores espirituales, fundamentales en mi quehacer profesional, personal y social. Seis años después, Diego vuelve a sorprenderme. No por haberse afianzado en corto tiempo como uno de los colaboradores de lujo del señor Presidente de la República (su calidad humana y profesional así lo pronosticaba), sino por haber asumido con claro sentido de la responsabilidad e integridad lo que él mismo calificó como un error involuntario, de insignificativa trascendencia, agregaría yo. Trascenderán, por el contrario, sus aciertos en favor de los costarricenses más necesitados, difundidos de manera sistemática por este diario. He recibido así dos lecciones de vida a cuenta de la misma persona. Soy un costarricense más que agradece a Diego su mística, entrega y honestidad.
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