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Good-bye, Lenin! El costarricense está acostumbrado a una institucionalidad efectiva y legitimadaRafael Carrillo Zürcher rafael.carrillo@skynet.be Administrador público En esta ingeniosa obra cinematográfica del director alemán Wolfgan Becker, un joven se ve obligado a esconderle a su madre los hechos circundantes a la caída del comunismo en su país. Preocupado por la precaria salud de su progenitora, ferviente miembro del partido comunista que yacía temporalmente en coma durante la caída del muro de Berlín, el muchacho recorre cielo y tierra para evitarle el sufrimiento que le significaría a su madre el consabido desplome de su ideología. Para protegerla de la realidad, el joven recurre a todo tipo de artimañas, tales como grabar falsos noticieros que describen la vigencia del antiguo régimen. Conforme avanza la unificación de su país, la farsa se torna cada vez más difícil de sostener, al punto que la madre se pregunta extrañada cómo es que un creciente número de personas de la otrora Alemania occidental establece residencia en su vecindario. Muy fácil —dice el joven— ¡el comunismo ha triunfado! Tal era la presión de las crecientes hordas que querían inmigrar huyendo del nocivo capitalismo, que el Este ha debido finalmente ceder y abrir fraternalmente sus fronteras. Régimen castrista. Esta trama bien puede servir de inspiración a quienes se autodenominan solidarios con Cuba, para incitar en ellos un cabildeo conducente a la libre inmigración masiva hacia esa isla. Así, tal vez la administración castrista finalmente ceda a las presiones de los numerosos ex occidentales convertidos que desde ultramar aspiran por vivir la plenitud de su régimen. Hay que reconocer que aquellos que alcancen las costas cubanas encontrarán mucho más que un régimen autoritario. De un reciente viaje, puedo dar testimonio personal de una belleza natural excepcional y de una riqueza de patrimonio histórico-cultural verdaderamente envidiable. Tampoco se tratará de negar las deplorables circunstancias que condujeron a la revolución cubana, difícilmente equiparables a las propias, providencialmente mucho más benévolas. Más aún, mientras persista la marginalización y la pobreza en nuestro país, ¿cómo se pueden condenar los esfuerzos de un régimen por tratar de erradicarlas, contra viento y marea? Pero el juicio se impone ante el atropello de los derechos que la mayoría de los costarricenses consideramos como fundamentales, y que muchos otros de manera inconsciente tomamos como garantizados. Reiteradamente y a lo largo de su territorio, los habitantes de esta isla se refieren al momento cuando caiga el problema, tocando con su mano el mentón en gesto de referencia a un barbudo, con el temor a nombrar lo que consideran el problema por su propio nombre. En el ejercicio de su seudodemocracia, la radio emite discusiones entre los representantes elegidos localmente, a quienes no les queda más remedio que apuntar tímidamente hacia una anónima e infranqueable nomenklatura como causa de su impotencia para aportar solución a los problemas que aquejan a sus feligreses. La propia libertad. Vaya situación envidiable para cualquier costarricense acostumbrado a una institucionalidad efectiva y legítimamente representativa; a ventilar libremente sus críticas y opiniones hacia los cuatro vientos. Si la institucionalidad democrática y la libertad de expresión incomodan a tal punto, bien se justificaría inflar una balsa y comenzar a remar, arriesgando la vida propia y la de los seres más cercanos para alcanzar reivindicación y plenitud en las costas del régimen comunista. Si soy incapaz de emitir mi libre opinión de forma constructiva dentro de un régimen de participación pluralista, o de canalizar mi creatividad mediante fecunda labor dentro del marco democráticamente constituido para estos fines, es probable que requiera en efecto la mordaza de un sistema que me haga callar, y que sacrifique mis aspiraciones personales, en función de un bien común así concebido por algún tercero. Un régimen en el cual mi responsabilidad civil no pese sobre mis propios hombros y al cual pueda efectivamente culpabilizar por mi propia incapacidad, aunque sea apuntando a mis propias barbas. Cual figurantes de la fábula concebida por el personaje de Wolfgan Becker, comencemos, pues, a franquear el muro hacia la tierra prometida de la verdadera libertad.
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