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/ LA NACIÓN

Guantánamo y los derechos humanos

En lugar de disminuir, los crímenes del fundamentalismo más bien se incrementan

Jaime Gutiérrez Góngora
Médico

El 17 de marzo, decenas de miles de españoles desfilaron en Madrid contra la guerra de Iraq demandando, también, el cierre de Guantánamo. La civilización judeo-cristiana está amenazada por el fundamentalismo islámico, que ha jurado destruirla para imponer un califato que iría a terminar con los enemigos de Dios.

Sus atentados criminales prueban que tienen la capacidad de hacerlo, que actúan por todo el mundo, que en lugar de disminuir, sus crímenes más bien se incrementan, que no son amenos a negociaciones racionales y, finalmente, que no se ha encontrado la forma de disuadirlos. Los españoles, con su marcha del 17 de marzo para demandar que se cierre Guantánamo, deben pensar que caminando por las calles van a detener la marcha de los fundamentalistas islámicos hacia un califato mundial.

Seria amenaza. Por años, el centro de operaciones de la más seria amenaza terrorista se localizó en Afganistán, con el abierto auspicio de las autoridades gubernamentales de los talibanes. Después de que las fuerzas estadounidenses le hicieron el bien a Occidente de derrocar a ese régimen, se produjeron detenciones de muchos de sus más temibles dirigentes y, también, de miembros de al-Qaeda. Fue necesario seleccionar algún sitio donde aprisionarlos. Las autoridades estadounidenses escogieron Guantánamo, y esa base se convirtió en prisión en el 2002.

A mediados del año 2005, el expresidente de EE. UU. Jimmy Carter también llamó a cerrar el campo de detención de Guantánamo en Cuba para demostrar claramente el compromiso histórico de “nuestro país con la protección de los derechos humanos”. Pero el jefe del estado mayor conjunto, Richard Myers, explicó que el cierre de Guantánamo era muy riesgoso para Estados Unidos y para la civilización occidental, debido a que en su mayoría los detenidos eran demasiado peligrosos para ser dejados en libertad. El presidente George W. Bush lo explicó así: “Lo que no queremos es soltar a alguien que pueda regresar a dañarnos”.

A inicios del 2006, la nueva Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas encontró que las prácticas de interrogación utilizadas por las autoridades estadounidenses en Guantánamo representaban tortura, y que aquellos que las ordenaron debían ser sometidos a la justicia hasta los más altos niveles de poder militar y político. Además, ordenaba que la base fuera clausurada sin más tardanza. El pequeño detalle es que emitieron este terminante juicio sin siquiera haber visitado la base. Era tan burdo, que el secretario general de NN.UU., Kofi Annan, se distanció de la Comisión.

¿Y los inocentes? William F. Schulz, director ejecutivo de Amnistía Internacional, reconocida defensora de los derechos humanos, declaró que no es coherente condenar las violaciones del artículo 9 de la Declaratoria de Derechos Humanos, que garantiza que nadie debe ser objeto de una detención arbitraria, y al mismo tiempo ignorar los derechos a la vida, a la libertad y a la seguridad de la persona que tienen los inocentes, consagrados en el artículo 3 de esa misma declaratoria.

En la actual guerra de civilizaciones, lo que peligra no son los derechos humanos, sino las víctimas inocentes agredidas por los terroristas y la supervivencia de la civilización judeo-cristiana. ¿Cuánto se pueden infringir los derechos civiles en la lucha por proteger a ciudadanos inocentes y la seguridad de su país? La Corte Suprema de Israel, una democracia bajo fuego, ha dado una respuesta a este dilema: “Los derechos humanos no pueden recibir protección completa como si no hubiera terrorismo, y la seguridad del Estado no puede recibir protección completa como si no hubiera derechos humanos. Se necesita un balance delicado y sensitivo. Este es el precio de la democracia”.

La democracia estadounidense está pagando un alto precio por la defensa de Occidente en las remotas montañas de Afganistán y en los desiertos de Iraq, para que los alcornoques puedan desfilar dando gritos por las calles de Madrid.

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