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Contrastes de un curso lectivo José Ricardo Carballo jrcarba@hotmail.com Periodista Desde San Ramón, pasando por San Carlos, hasta llegar a Osa y Barranca, las muestras de entrega incondicional nos llegan de diversos rincones del país. Ciudadanos comunes y silvestres, hombres y mujeres de campo, sencillos, de escasos recursos, pero comprometidos con el futuro de la niñez nacional, aleccionan con sus actos solidarios de gran fervor cívico. Trabajando con las uñas, en sus ratos libres, impulsados solo por el deseo de ayudar, voluntarios como Yanory Alvarado, en Piedades Sur de San Ramón, y Rafael Jiménez, en La Tigra de San Carlos, engrandecen el inicio del nuevo curso lectivo, pese a las carencias de siempre. Renuentes a hipotecar el futuro de nuestros niños y jóvenes, ellos representan a los costarricenses patriotas que no esperaron resignados a que sus peticiones, algún día, fueran escuchadas, sino que, movidos por un admirable espíritu emprendedor, pusieron su mejor esfuerzo para que cientos de alumnos, de los lugares más recónditos, pudieran, una vez más, regresar a las aulas. Tal vez sin libros ni pupitres y hacinados en calurosos galerones, donde les falta electricidad y agua potable, nuestro ejército, bulto e ilusión al hombro, volvió a clases, sin doblegarse ante la adversidad y reflejando en sus rostros ávidos de aprender, razones para seguir creyendo que no todo está perdido. Semillas de luz. Tras cada huella que algunos de ellos, los más pobres, dejan con sus pies descalzos en el barro que baña el largo camino hacia sus centros de estudio, van sembrando luces de esperanzas en medio de la penumbra que los acompaña de madrugada, en su travesía hacia un mejor mañana. Ajenos a los tradicionales dimes y diretes, tan habituales en esta época, padres de familia e hijos, quizás, allá lejos, desterrados en lo más profundo de la selva, demuestran con sus actos –cocinando los alimentos de los escolares, arreglando el techo de cinc, limpiando las aulas– que no se han contagiado de ciertos vicios, fuertemente arraigados, por estos lados, en ciertos grupos minoritarios de mente corta. Conscientes de que existen cosas más importantes que enfrascarse en odiosas grescas politiqueras, hay muchos costarricenses que, seguramente sin la formación académica ni las influencias y mucho menos el salario de tantos dirigentes sindicales, reflejan orgullosos la grandeza moral del tico en su verdadera esencia, al margen de la vagabundería, la mediocridad y el clientelismo, que tanta mella han hecho en nuestro desprestigiado sistema educativo. Actitudes patriotas. Ya es hora de entender que las desventuras de la educación nacional no se resuelven por medio de amenazas, proclamas revolucionarias en contra de cualquier asomo de cambio o posiciones radicales cerradas al diálogo. Mientras que nuestros estudiantes reciban clases en un corredor, expuestos a las inclemencias del tiempo y a un sinfín de calamidades más, no podemos perder el tiempo en impertinencias que impiden asumir actitudes patriotas en defensa del bienestar común, y no de intereses particulares. Quizás despojando a algunos individuos de sus odiosos privilegios y sacándolos de sus lujosas oficinas, que parecen tener solo vista al oeste de la capital, para internarlos en las montañas de San Ramón o en los poblados indígenas de Buenos Aires, algunos flamantes dirigentes y políticos no van a entender que hacen más imitando a ciudadanos de bien, como Yanory y don Rafael, que gastando su tiempo en nimiedades, como pedir la renuncia del ministro de Educación.
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