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Parar el mar con un dedo

Un profesor prohíbe usar Internet: la mejor biblioteca disponible

Claudio Gutiérrez
Filósofo

En el primer día de clases de este año, un profesor de una universidad privada hizo algo muy bueno: en lugar de perder el tiempo en banalidades, como es usual, les dio, más bien, una asignación a sus alumnos. Tenían que desarrollar un tema con base en algún libro que tendrían que conseguir, por ejemplo, comprándolo en Amazon.

Caray, sabía que la librería virtual existía. Hasta aquí, santo y bueno. Pero uno de mis nietos, alumno suyo de I año, me contó, alarmado, que agregó una grave condición: estrictamente prohibido bajar algo de Internet. Ahora sí, ¡aviados estamos! No a la revolución digital. Mi nieto quedó consternado, pues sabe por mí que Google es la superbiblioteca del mundo nuevo que comienza a existir. Este profesor les da una buena asignación, pero al mismo tiempo les prohíbe usar la mejor biblioteca disponible para realizarla.

Miedo al progreso. He aquí una manifestación típica del miedo al progreso que aqueja a las poblaciones en épocas de rápido progreso. Formado en otro ambiente, el profesor resiste al cambio por no atinar a cómo lidiar con él. Reacción perfectamente humana y natural, pero ineficaz y ridícula. Recuerda la vieja historia del niño de Amsterdam que quiso defender a su ciudad de una inundación del mar metiendo un dedo en una fisura aparecida de repente en uno de sus diques. Por favor, profesores: cuando tengan tentación de hacer algo como esto, deténganse un momento a pensar. Obviamente, la preocupación que tienen es que los alumnos copien un artículo ya hecho y lo presenten como propio, pero ¿no se dan cuenta de que pueden hacer lo mismo con cualquier libro de papel? ¿O será que consideran valioso el proceso de pasar a mano letra por letra, palabra por palabra, un trozo preescrito, comparado con el más simple de hacer “cortar y pegar”? Pero hay cosas aún más importantes que esta en que tienen también que pensar ante de refugiarse en el cómodo recurso de aferrarse irracionalmente al pasado.

En primer lugar, consideren los recursos con que cuentan en el viejo sistema para detectar un fraude. Digamos que notan que el trabajo es demasiado bueno para ser propio del alumno y no van a ser tan precipitados como para ponerle un cero sin más investigación (como hizo conmigo en primer año del Colegio Seminario don Teodoro Olarte. Se lo perdoné más adelante porque estimuló después enormemente mi vocación literaria y filosó- fica). Entonces, ¿que? ¿Van a pasar varios días leyendo todos los libros con que el estudiante podría haber respaldado su trabajo para localizar el texto plagiado? Pues igual pueden hacer, pero de manera instantánea y sin tener siquiera idea de cuál documento de una infinidad de ellos ha copiado, escogiendo una frase clave del trabajo y probándola en Google. El buscador mágico localizará inmediatamente la fuente, si es que existe. Pero, por supuesto, el profesor tiene también que saber entrar a Internet y cómo usar Google con fruto. ¿Qué esperaba? ¡No hay almuerzo gratis!

Poner a pensar. Pero hay algo más que puede hacer todavía: no limitarse a dar la asignación, sino acompañarla de preguntas bien pensadas sobre el tema, de modo que sea indispensable para el alumno pensar en el asunto por su cuenta y analizar exhaustivamente el problema. El buen profesor nunca se limita a dar un tema; da también un método de trabajo y una guía de investigación.

Adelante, docentes. No le tengamos miedo al cambio. Verán las agradables sorpresas que les depara la educación del futuro, que ya ha comenzado a estar con nosotros.

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