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Noticias Sucesos:

Foto Principal: 1535304
El peruano Rubén Anca regresó el 24 de enero a su casa en el cerro San Ignacio (Lima) tras fallar en su segundo intento por llegar a Estados Unidos.
Guillermo Solano. MSP para LN
En cada uno de los dos intentos debió desembolsar $10.000
En ambas oportunidades fue abandonado en alta mar por traficantes

Drama en el mar aviva anhelo de peruano por ir a EE. UU.

Rubén Anca, un peruano de 28 años a quien coyotes abandonaron en el mar dos veces, ofrece un vivo relato sobre las condiciones infrahumanas que enfrentó en su fallido intento por llegar hasta Estados Unidos, escondido en barcos pesqueros


Mi casa no es más que un puñado de tablillas cubiertas por un techo de paja; un frágil rancho en la cumbre del cerro San Ignacio (en Lima, Perú) amenazado, con frecuencia, por la furia del viento.

“Mi barrio son un montón de casitas, apiñadas sobre una loma desértica de polvorientos caminos que serpentean hasta perderse sin rumbo alguno.

“Alguna vez soñé con dejar todo eso atrás; forjar un futuro mejor para mi esposa y mi hija de 4 años, pero alcanzar eso que llaman el sueño americano casi me cuesta la vida... dos veces. ¡Dos veces!

“Abandonado en el mar por coyotes , no dejaba de decirme: Rubén, nunca las verás de nuevo... (se refería a su esposa y a su hija).

“Lo hice porque en Lima pasaba penurias económicas. Mi trabajo como recolector de desechos a veces no daba ni para comer.

“Un día alguien del pueblo me dijo que se iría a Estados Unidos en un barco pesquero. Zarparían el 30 de setiembre (del 2006) desde un puerto en la costa pacífica de Perú.

“Me endeudé con medio mundo. Le rogué a conocidos que me prestaran dinero. Fue difícil reunir los $10.000 que costaba la travesía.

Hacinados. “El barco Nalú nos llevaría hasta Guatemala. De ahí cruzaríamos –a pie– a Estados Unidos por la frontera con México.

“Para el abordaje nos dividieron en pequeños grupos. En pangas y en completa oscuridad nos llevaron al pesquero con la orden de guardar silencio.

“¡Quedé sin habla! Había más de 100 personas listas para viajar (la embarcación llevaba 70 chinos y 58 peruanos).

“A la gran mayoría nos encerraron en el cuarto de máquinas para ocultarnos.

“¡Imagínese a cientos de personas en ese espacio tan pequeño! (el Nalú medía 18 metros de largo). Solo a algunas mujeres y niños les permitieron ocupar los camarotes.

“Allá abajo el calor era insoportable y nadie podía ponerse de pie; el techo era demasiado bajo.

“El roce hombro a hombro era incómodo, pero las cosas empeoraron al llegar los calambres y surgir ampollas en los glúteos.

“Para la gran mayoría esa era nuestra primera salida al mar. El mareo y el encierro hicieron mella en nuestro ánimo... y en el estómagos. Enfermos, para muchos no quedó más remedio que vomitar sobre la gente cercana pues no existía permiso de salir a cubierta.

“Las necesidades fisiológicas se evacuaban en baldes, a vista y paciencia de todo el mundo.

“De vez en cuando un miembro de la tripulación bajaba con arroz, frutas y agua... pero eso no calmaba el hambre.

“Yo casi no pensaba en la comida; en mi mente solo había espacio para una idea: llegar hasta los Estados Unidos.

Abandonados. “El motor del barco se detuvo en seco el sexto día.

Creí que habíamos llegado y sentí una alegría inmensa, pero conforme pasaron las horas ese sentimiento dio paso a la desazón. Por algún motivo los coyotes habían enmudecido y ni siquiera podíamos escuchar el tac tac de sus pasos sobre la cubierta.

“El oleaje era fuerte y el barco se estremecía con furia, presto a naufragar. Aunque nos habían advertido no abandonar el escondite, desesperados por la tardanza algunos se atrevieron a subir.

“Así descubrimos que estábamos solos y a merced del mar; los coyotes se habían marchado en otra embarcación.

“El pesquero estaba en mal estado y ninguno de nosotros tenía conocimientos de navegación.

“Los pocos alimentos que quedaron en la despensa desataron una tensa disputa entre chinos (que eran mayoría) y peruanos.

“Una vez conseguí un puñado de arroz y un huevo. Lo tenía listo en un plato cuando uno de los chinos me lo arrebató de un zarpazo.

“Lo mismo ocurría con cualquiera que encontrara comida.

“Una peruana halló el último arroz disponible y un poco de leche. El agua del cuarto de máquinas estaba llena de aceite. Como era el único líquido dulce a nuestra disposición, la señora la utilizó para preparar lo que se supone sería un arroz con leche.

“Era tanta la gente que apenas alcanzó para una cucharadita en la palma de cada uno. Resultó imposible engañar al estómago.

“Creí que iba a morir, máxime cuando los chinos anunciaron que nos iban a matar uno a uno; no tengo ni idea del porqué.

“El guardacostas costarricense nos rescató el 8 de octubre a más de 100 kilómetros de cabo Blanco, (golfo de Nicoya).

“Antes de eso, dos barcos mercantes pasaron cerca. Aunque les hicimos señas, no se detuvieron.

“Ese día (el del rescate) creo que todos se preparaban para morir. Estábamos en silencio cuando a lo lejos alguien divisó la silueta del guardacostas tico.

“Agitamos camisas y pañuelos, seguros de que sería nuestro último chance de salir vivos. Teníamos 72 horas de estar a la deriva.

“Mientras nos remolcaban, juré no volver a intentarlo.

“A Lima regresé endeudado y con la certeza de que correr semejante riesgo no había valido la pena. Al final pudo más la necesidad.

Segundo desafío. “Volví al mar con coyotes , esta vez en un pesquero aún más pequeño que salió del puerto de Mantas, en Ecuador, el 7 de enero (del 2007).

“Antes de hacernos a la mar permanecimos escondidos en una vieja casona de campo, rodeada de frondosos potreros en los que no se veía ni un alma.

“Los coyotes nos llevaron al barco ( El Intrépido ) de madrugada, en un camión de carga –de cajón cerrado– y casi no se podía respirar.

“Esta vez zarpamos con 44 ecuatorianos y 13 peruanos. Tuve que pagar otros $10.000.

“Las condiciones no variaron mucho con respecto al primer viaje (otra vez nos metieron en el cuarto de máquinas), pero al menos hubo mayor camaradería.

“Creíamos estar a unos dos días de Guatemala cuando escuchamos un estruendo.

“Sentí algo extraño cuando el motor se detuvo, pero sobre todo cuando notamos el ruido de un helicóptero (Anca no podía ver desde su encierro la aeronave del Guardacostas de los Estados Unidos que los interceptó).

“No podía creer en mi mala suerte. Los coyotes se marcharon en una lancha pequeña y nos dejaron otra vez a la deriva. Sentí mucho miedo... y frustración.

Al día siguiente, una fragata de los Estados Unidos nos prestó ayuda. Ellos nos llevaron a cabo Blanco, en Costa Rica.

“A Perú me enviaron el 23 de enero. Las deudas me tienen ahogado. En cuanto tenga la oportunidad sé que volveré a intentarlo.

“Solo espero que la tercera sea la vencida; esta vez tengo que conseguirlo. Lo haré por mi familia...”. Colaboró Guillermo Solano, fotógrafo de Seguridad Pública.

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