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Bush, el vecino negligente

Para recobrar el apoyo de América Latina Bush necesitará mucho más que una breve gira

Sebastián Edwards
Copyright: Project Syndicate, 2007Traducido por David Meléndez Tormen@nacion.com
es profesor de economía en la UCLA y fue economista en jefe para América Latina y el Caribe del Banco Mundial

Después de desatender por años a América Latina, el presidente George W. Bush está intentando desesperadamente mejorar las relaciones hemisféricas. Sin embargo, la gira que acaba de hacer a Brasil, Uruguay, Colombia, Guatemala y México ocurre demasiado tarde. No es posible borrar años de abandono con un viaje abundante en fotografías y escaso de sustancia.

En las capitales de América Latina la visita de Bush se ha interpretado como una reacción ante la creciente influencia y popularidad del presidente Hugo Chávez en la región. Ciertamente, Chávez parece haberlo visto así, ya que ha hostigado constantemente a Bush desde la distancia.

Antes de viajar a Brasil, Bush declaró que a su administración no se le reconoce lo suficiente su política hacia América Latina. Sin embargo, en 2007 Estados Unidos dará una ayuda económica a América Latina y el Caribe por un valor de 1.800 millones de dólares, 200 millones menos que en el 2006. Más aún, la ayuda militar representa casi la mitad de esta cifra, mientras 716 millones de dólares irán a un solo país, Colombia.

En un intento por mejorar su baja popularidad en América Latina, hace poco la administración Bush anunció 75 millones de dólares adicionales para educación, y $385 millones para ayudar a financiar préstamos hipotecarios para los pobres. Además, el barco hospital de la Armada estadounidense USNS Comfort recalará y atenderá pacientes en los puertos de varios países latinoamericanos.

Primera señal. Sin embargo, estas cifras son absurdamente bajas desde una perspectiva histórica. Durante los años 60 –los años de la Alianza para el Progreso del presidente John F. Kennedy– la ayuda anual a la región superaba el equivalente a 10.000 millones de dólares de hoy.

La primera señal de que la administración Bush no se tomaba seriamente a América Latina ocurrió el 1.° de enero del 2002, cuando Luiz Inácio Lula Da Silva juró como presidente de Brasil. La ocasión era solemne y estaba cargada de simbolismo. Después de todo, Lula era el primer dirigente sindical en ser elegido para presidir un país latinoamericano.

Numerosos jefes deEstado y dignatarios de todo el mundo asistieron a la ceremonia. Pero Bush no estaba entre ellos, ni el vicepresidente Dick Cheney, el secretario de Estado, Colin Powell, o cualquier otro miembro importante del gabinete ministerial de EE. UU. En su lugar, la delegación estadounidense estaba encabezada por el representante de Comercio de EE. UU., Robert Zoellick, quien a pesar de ser miembro del gabinete carecía de la estatura política que ameritaba la ocasión.

Con su tradicional sentido del humor, Lula pasó por alto el desaire. Sin embargo, otros jefes de Estado de América Latina no mostraron una actitud tan despreocupada; de hecho, se sintieron profundamente ofendidos. Según ellos, se trataba de un recordatorio de que, con unas pocas excepciones –Cuba y posiblemente México– América Latina no era una prioridad política para Estados Unidos.

Inmigrantes. A lo largo del año siguiente, la actitud de la administración de EE. UU. hacia los inmigrantes hispánicos indocumentados disgustó a una creciente cantidad de votantes latinoamericanos. Como resultado, país tras país ha elegido presidentes abiertamente críticos a EE. UU. y sus políticas.

Seis años después de la investidura de Lula , y a pesar de la gira de Bush, los políticos latinoamericanos siguen pensando que Estados Unidos ha abandonado la región a su suerte. Es cierto, dicen, que la administración Bush impulsó el Área de Libre Comercio de las Américas, pero el libre comercio hemisférico parece hoy más lejano que nunca. Más aún, los pocos acuerdos de libre comercio firmados con países individuales, o grupos de países, son poco ecuánimes y favorecen abrumadoramente los intereses de EE.UU.

Para recobrar el apoyo de América Latina –y mellar la popularidad de Chávez– la administración Bush necesitará mucho más que una breve gira. Podría ser de ayuda la aprobación de una ley de inmigración amplia y completa que normalice el estatus legal de millones de trabajadores latinoamericanos en EE.UU. La reducción del proteccionismo agrícola estadounidense también sería una medida positiva para subsanar las deterioradas relaciones diplomáticas.

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