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La condición fáustica Hombres y mujeres sufren la misma deshumanización mercantilizadaSol Arguedas P. S. El concepto “ser humano femenino” lo tomé del poeta Rainer María Rilke. Cuernavaca, México, 10 de octubre del 2001@nacion.com solarguedas@prodigy.net.mx Escritora La intensa devoción laica por Sor Juana Inés de la Cruz, que con tanta frecuencia manifestaban muchas mujeres mexicanas inteligentes en mi época de juventud (en los años cuarenta y cincuenta del siglo que acabamos de dejar atrás) me hizo sospechar que tal admiración abierta iba más allá de la obra poética y de la inquietud por adquirir conocimientos mostrada por la monja; pensé que quizás existía una secreta identificación con el drama singular de Juana Inés: la irresistible tentación, no solo de cultivar y desarrollar su inteligencia, sino, y sobre todo, la ineludible necesidad interior de ejercerla, para cuya satisfacción cualquier exigido sacrificio externo se aceptaría, como lo hizo ella al retirarse en un convento, tanto para eximirse de cumplir las obligaciones castrantes impuestas a las mujeres en su época, como para obtener condiciones más propicias a la creación literaria y a otras actividades intelectuales. Esa secreta identificación con Juana Inés –sigo especulando al respecto– era, no obstante, independiente de que se llevara a cabo, o no, el sacrificio pertinente en cada caso, así como también de que fuese voluntario o involuntario: por ejemplo, quedarse solterona ya fuese por decisión propia o por el repudio masculino; envejecer sin hijos, aunque los deseara y aunque los sustituyera con alumnos en una escuela; languidecer en una oficina burocrática; resignarse ante la burda o la sutil discriminación de la que la hicieran víctima; aguantar estoicamente la maledicencia y las calumnias alrededor de ella etc. Cualquiera cosa antes que privar a su espíritu de vivir, en vez de vegetar, en un entorno hostil a seres inteligentes y sensibles que tuviesen el impedimento de ser mujeres. “Ser humano femenino”. Identificarse con Sor Juana, es decir, refugiarse en un simbólico convento, no significaba ser o sentirse genial como lo fue ella; pero sí de experimentar –en un nivel propio y guardada toda proporción– el mismo drama que sufrió la monja en tanto mujer inteligente que codiciaba el estatus de “ser humano femenino”. Este sufrimiento particular de las mujeres en mis tiempos, y que sufrí también en carne propia, no por involucrar actividades superiores del intelecto y del espíritu dejaba de ser cruel y frustrante, como lo son los castigos más comunes que agobian a millones de mujeres oprimidas en todo el mundo. Sin embargo, tal sufrimiento pareciera haber ido modificándose en la medida que ganaba espacios la liberación femenina. En los días que corren se juzgaría anacrónica la idea de la necesaria búsqueda de un simbólico convento para que las mujeres pudieran desenvolverse como seres pensantes y creadores. Hoy en las universidades hay, incluso, carreras en las que predomina, entre el estudiantado y el profesorado, el número de mujeres. Empero, persiste en el ámbito femenino otro tipo de dramas más sutiles o más sofisticados que apenas encuentran atenuantes en esa aparente –aparente porque está lejos de ser completa– liberación femenina en la actualidad. No se puede negar que se ha logrado conquistar una extendida educación –con muy lamentables excepciones– de las niñas, las adolescentes y las adultas; pero en general solo se trata de capacitarlas como participantes en la ruda competencia dentro del gran mercado en el que se ha convertido toda actividad, y hasta su existencia misma, de la gente. Se dirá que esto no difiere en nada de los objetivos que también se plantea la educación convencional que reciben los hombres. Lo cual es cierto: hombresy mujeres sufren por igual la misma deshumanización tecnocrática y mercantilizada en la que ha devenido la civilización occidental (la modernidad propiamente dicha), hoy en decadencia imparable. Reflexionar y expresar inquietudes artísticas, literarias o filosóficas sobre la condición fáustica del ser humano es referirse a su sed infinita de ser y de saber; a esa inconformidad con las limitaciones que lo frenan en su perenne búsqueda de libertad interior y externa; a esa inmensa responsabilidad moral que le impone el contar con libre albedrío para elegir; a esa inquietud constante por no haber vivido todas y cada una de las posibilidades –las distintas opciones– puestas en su camino y que fueron relegadas al haber escogido, o aceptado voluntaria o involuntariamente, solo una de ellas; es remitirse a todo eso que lo define, precisamente, como ser humano, y que es a lo que nos referimos cuando hablamos de “condición fáustica”. Los conflictos. Reflexionar al respecto –repito– parecería hoy labor intelectual más propia de otras épocas que de esta, en la cual penamos con tantas incertidumbres cotidianas de índole más rastrera (gracias, en buena parte, a la depauperación económica y cultural y a las derivaciones ideológicas que ha causado la imposición de un globalismo económico, dirigido por el neoliberalismo, en todo el mundo). Sin embargo, y a pesar de su aparente relegación circunstancial, un impulso intrínsecamente humano por espiritual continúa debatiéndose en su ya antigua lucha por prevalecer frente a preocupaciones ya sean banales y frívolas, o sórdidas y angustiosas, pero en ambos casos propias de unas existencias –que no vidas– elementales o primitivas. En cambio, el drama del que ahora me ocupo es uno al que tacharían de aristocrático porque atañe a una élite que se mueve y actúa en el terreno de los refinamientos de la cultura, y no porque el conflicto aparezca únicamente en este ámbito reducido, sino porque solo ahí se le comprende y se le expresa conscientemente. En otros ambientes más amplios el conflicto sólo se vive –más bien sólo existe– sin que se reflexione sobre él o se tenga conciencia de él. Es un drama que por generalizada aceptación se había relacionado con los conflictos espirituales e intelectuales únicamente de los varones, y en el cual aparentemente las mujeres solo actuaban como elementos desencadenantes del conflicto, o como verdaderos agentes catalizadores en él. ¿A quién se le habría ocurrido, hasta hace poco, referirse a la condición fáustica tratándose de una mujer? Porque lo usual era juzgar que Margarita solamente podía ser Margarita, y que sus combates internos nada tenían que ver con los dramas interiores de Fausto. Pero sin olvidar que en el pasado ha habido, en todo el mundo, mujeres notables que excepcionalmente se salieron de los moldes estereotipados y de los límites estrechos dentro de los cuales las encerraban sus sociedades contemporáneas, en nuestro momento, gracias al largo, penoso y fluctuante batallar en todas las lides de las mujeres por su emancipación (y de las feministas en particular), se han instalado ya, y no solo excepcionalmente como antes, en todos los campos en que se han dirimido siempre los conflictos verdaderamente humanos. Hoy es más fácil aceptar que la condición fáustica –por ejemplo– atañe por igual a los seres humanos masculinos que a los seres humanos femeninos.
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