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El abrazo del padre… Luego de una breve pausa el domingo anterior por una dificultad especial, seguimos con estos comentarios dominicales que, con la debida sencillez, pretenden ayudar a los lectores que nos honran con su atención, a comprender y vivir mejor la Palabra de vida que semana a semana la Iglesia nos anuncia por medio de su sagrada liturgia. Hoy se nos pone de cara a la parábola del hijo pródigo o del padre misericordioso, según el punto de vista desde el cual se le mire. Un hijo menor, un hijo mayor y el padre son los protagonistas de este relato exclusivo de Lucas. El hijo menor, sordo a la voz del amor, deja su hogar y su condición de hijo. Impulsado por un gran deseo de rebelión se aleja de todo lo que conoce y ama. Se refugia en un lugar lejano y allí se hunde. Luego retorna donde los suyos. Sin embargo, llega marcado por la derrota, vacío, humillado. Retorna, pero olvidó por mucho tiempo su condición de hijo y, sobre todo, de hijo amado. Vuelve a su casa luego de comprender la dureza de ser nadie para muchos. Al ponerse en dirección a su hogar, escogió entre vida y muerte. Y claramente acertó e inicia resuelto el largo camino hasta su casa. Allí estaba el hijo mayor, ahí estuvo siempre y ahora retorna de cumplir sus deberes y la escena que contempla lo muestra tal cual: oscuro, vengativo y amargado. Un hombre resentido y preso en su casa, perdido entre sus deberes, triste de tanto cumplir sin poner el corazón en ello. Pero en casa estaba también el padre. La compasión infinita y la palabra teknon , “hijo mío”, que dirige al recién llegado. La mirada, el abrazo, sus manos, sus besos. Todo en él nos habla del verdadero Dios. Aquel hombre acoge al hijo que llega y aplaca los celos del hijo mayor sombrío. Devuelve la dignidad al que regresa y solo aspira a que la felicidad marque aquel momento en que uno de los suyos pasó de la muerte a la vida. Este padre de la parábola nos habla de Dios y de un Dios que todo ser humano debería intentar encontrar en esta cuaresma. Revivir la actitud del hijo menor que se pone en pie desde el fango ha de ser un reto de todos en estas semanas. Vivir la alegría de creer sin miedos ha de ser nuestra motivación de cara a la Pascua. Nouwen escribió: “el miedo a Dios es una de las grandes tragedias humanas”. El evangelio de hoy nos ayuda a cambiar ese temor por la confianza que da el saberse esperado y abrazado por un Padre, nunca regañado ni amenazado. P. Mauricio Víquez Lizano.
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