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EDITORIAL

Balance de una gira

El viaje de Bush por Latinoamérica produjo importantes señales positivas
Tener mejores relaciones es una responsabilidad compartida por muchos


El presidente estadounidense, George W. Bush, concluyó ayer, en México, una visita que lo llevó a cinco países de América Latina, con un mensaje que debe ser bienvenido: Estados Unidos desea mejorar sus relaciones hemisféricas, y potenciarlas desde la óptica de la cooperación, el comercio, la lucha contra la pobreza, el combate al crimen organizado, el apoyo a la democracia y el impulso a una mejor calidad de vida para los latinoamericanos. El logro de estos objetivos, por supuesto, no depende de un viaje; menos aún de un solo actor, en este caso el Gobierno de Washington. El avance en las relaciones y, todavía más, las posibilidades de desarrollo y mejora de nuestros países, son tareas en las que muchos compartimos responsabilidades, sobre todo los dirigentes políticos y gubernamentales al sur del Río Bravo. Sin embargo, nada de lo anterior resta importancia al viaje, y consideramos que su balance ha sido positivo.

Pese a la oportunista y demagógica “contragira” que Hugo Chávez montó apresuradamente, para opacar el recorrido de Bush, este no cometió el error de caer en las provocaciones del mandatario venezolano. Al contrario, al centrarse en los objetivos del viaje, el presidente estadounidense fortaleció un mensaje esencial para América Latina: que la promoción de un desarrollo dinámico, solidario y sostenido para nuestros pueblos solo será posible desde las prácticas democráticas, la sensatez política, la responsabilidad administrativa, las decisiones bien fundamentadas y la eficacia gubernamental. Al contrario, la charanga populista y autoritaria que representan Chávez y sus compañeros de ruta es un peligroso espejismo, asentado en el resentimiento, movido por los prejuicios y encaminado a esfumarse sin logros relevantes para mejorar el nivel de vida latinoamericano.

La diplomacia madura condujo a importantes acuerdos económicos entre Estados Unidos y Brasil, primera escala de su gira, sobre todo en producción de etanol y otros biocombustibles, algo que puede tener positivas repercusiones en Costa Rica y otros países centroamericanos. En Uruguay, el tema central fue la búsqueda de una relación comercial más dinámica, algo que va por muy buen camino y podría derivar en la futura negociación de un tratado. Que esos dos primeros países sean miembros del Mercosur, y que ambos estén gobernados por presidentes socialistas, pero responsables y demócratas, dio particular importancia al acercamiento pragmático y realista que simbolizaron los encuentros de los mandatarios.

Colombia y Guatemala representaban otra realidad. Por un lado, sus Gobiernos han sido aliados más cercanos de Estados Unidos, y sus presidentes –Álvaro Uribe y Óscar Berger– están más cerca, ideológicamente, de Bush. Pero ambos países padecen de endémica violencia y son víctimas de la acción del narcotráfico y el crimen organizado. Por esto, si bien la agenda comercial y social mantuvo su importancia, el desafío de la seguridad y la violencia acaparó parte de las discusiones. Especialmente en el caso guatemalteco, la gira podría servir para dar un golpe de timón y revertir el virtual colapso del Estado en materia de seguridad pública e impunidad.

En México, la agenda fue mucho más diversa, por la vecindad inmediata de ambos países y su pertenencia al Nafta. Pero estuvo, además, matizada fuertemente por otro ingrediente también de gran importancia en Guatemala: la política migratoria. Son este y el narcotráfico dos de los ejes de preocupación que guiaron la política de Estados Unidos hacia Latinoamérica. Su importancia es aún muy grande, y con razón, pero es hora no solo de reevaluar las estrategias para su abordaje, sino también de balancear la agenda de las relaciones hemisféricas.

A esto último, precisamente, contribuyó la visita de Bush. Quienes esperen cambios súbitos se decepcionarán. Pero sí es posible suponer, a partir de ahora, y por los dos años que quedan de su administración, una mayor y más equilibrada atención a la porción sur del continente, y una posibilidad de buscar mayores vías de acuerdo y cooperación, basados en objetivos comunes, aunque puedan existir diferencias sobre otros. ¿Querrá esto decir una era de mayor madurez en las relaciones? Podría ser. Pero su éxito final no solo dependerá de Estados Unidos, sino del resto de los países latinoamericanos.

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