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Hermanos salvaron vidas tras nadar ocho horas en el mar Saltaron de la nave cuando las corrientes la arrastrabanMotor de la lancha tuvo un desperfecto y dejó a pescadores a la deriva Rebeca Rodríguez C. Corresponsal Dos hermanos, pescadores artesanales de El Jobo, en La Cruz, Guanacaste, tenían solo dos opciones: o seguir a la deriva mar adentro –sin agua ni alimentos– o nadar hasta donde las fuerzas les alcanzaran. En ambos casos las posibilidades de morir eran muy altas. En el sector del Pacífico donde se encontraban hay fuertes corrientes y, para empeorar las cosas, abundan los tiburones de gran tamaño. Pese a esos peligros y tras varias horas en el mar a bordo de una lancha de seis metros de largo sin techo, soportando sed y hambre, estos dos jóvenes de 19 y 25 años hicieron un pacto: “¡O nos salvamos los dos o ninguno!”. Esta fue la encrucijada que vivieron Jeremías y David Alemán, de 25 y 19 años, respectivamente, entre el lunes y el martes al quedar a la deriva cuando se dirigían hacia un sitio de pesca en las cercanías de Playas del Coco, en Carrillo, Guanacaste. El motor falló repentinamente y no pudieron repararlo. Aunque llevaban un teléfono celular y llamaron a familiares para informarles sobre la emergencia, tras varias horas de espera comprendieron que si querían salvarse tendrían que hacerlo por sus propios medios. Una patrullera del Servicio Nacional de Guardacostas y lanchas de amigos y familiares los buscaron en la zona marítima reportada, pero no dieron con ellos. Jeremías y David, quienes se dedican a la pesca artesanal desde niños, se vieron de pronto mar adentro, a merced de corrientes marinas que los alejaban más y más de la costa... y de sus hogares. No llevaban alimentos ni suficiente agua. Ahora estaban solos. Lejos de la costa. “El motor se apagó de repente y no pudimos repararlo. El mar estaba picado y el viento era demasiado fuerte. Nos íbamos alejando poco a poco de la costa”, relató Jeremías. Los hermanos lo discutieron una y otra vez, pero no lograban ponerse de acuerdo. La única opción era lanzarse al mar y nadar hasta la playa, pero para entonces la costa estaba solo en sus mentes pues no alcanzaban a verla. Luego de horas agotadoras “sacando agua del bote”, que amenazaba con hundirse ante cada embate de las olas, con la garganta reseca por falta de agua dulce, David y Jeremías decidieron enfrentar el más serio reto de sus vidas. “Fue entonces cuando decidimos atarnos una cuerda a la cintura, de unos cuatro metros de largo, para nadar juntos. Juramos que nos ayudaríamos pasara lo que pasara. La idea era llegar los dos con vida, o ninguno”, añadió David. Aunque aprendieron a nadar desde corta edad, la odisea que tenían por delante sobrepasaba cualquier experiencia. Sus travesuras infantiles se habían limitado a chapuzones lo más cerca posible de la playa. Ahora estaban a varios kilómetros de la costa, en medio del fuerte oleaje, sin otra ayuda que sus propias fuerzas. “Hubo momentos en que pensé rendirme, morir, pero mi hermano me daba ánimo. Nos dimos valor para salir de esto juntos”, relató David.
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