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El país de los valientes


José María Penabad López
Cónsul en La Habana

En un lugar de América de cuyo nombre sí quiero acordarme, existe una parcela heroica que se ha ganado la certificación honrosa de “El país de los valientes”.

Hablamos de la República de Paraguay, corazón que late firme en la encrucijada de diversas nacionalidades del Sur del Continente y, aunque no tiene salida directa al mar, dispone de vasos comunicantes, ganados a pulso, con sangre, sudor y lágrimas, rumbo al océano Atlántico.

El infierno verde, la novela de José Marín Cañas, retrató, el temple, valor y lucha de los paraguayos en los tiempos de guerra, allá donde no hay un puñado de tierra sin una tumba guaraní.

El general prusiano Hans Kumdt elaboró la estrategia boliviana para salir al Atlántico –larga ruta– dominando a Paraguay, tras perder Bolivia, frente a Chile (1879), su acceso al Pacífico.

Intrépida gesta. La que se conoce como Guerra del Chaco fue el primer enfrentamiento bélico moderno (1932-35) y acaso antesala, aun en la distancia, del conflicto que siguió y ensangrentó a España (1936-39). Bolivia invadió con 250.000 hombres; Paraguay defendió con 150.000. Las madres guaraníes enterraban a sus esposos y ponían el arma del padre en manos del hijo o, si había exigencia, también empuñaban el fusil en versión intrépida, múltiple, de la gesta de Agustina de Aragón.

Más de 60.000 los muertos paraguayos, 100.000 los sacrificados bolivianos. El alemán Kumdt adelantó el pecado de Hitler, anticipado por Napoleón, de no valorar la naturaleza. Nieve, hielo, para defender a Moscú. Verde, terrible verde, sin agua, colaboración para derrotar a los bolivianos. Estigarribia fijó su Línea Maginot, cuyo trazado ya conocía, con el singular apoyo de la selva guaraní.

Paraguay ganó la guerra y perdió territorio. Se quedó sin la parte que se consideraba fuente petrolera. Y ahí están hoy 6 millones de paraguayos, como un Tibet americano, en una geografía de 406.752 kilómetros donde aproximadamente cabrían ocho territorios de Costa Rica. Desde hace 30 años, Paraguay comparte con Brasil la más grande represa de América: Itaipú. La energía que no consumen los paraguayos es asumida por el fabuloso desarrollo industrial brasileño, a precios irrisorios de compensación, se quejan los guaraníes.

Alude la Biblia la construcción de la torre de Babel. Tenía entonces la Tierra una sola lengua. Y Jehová observó la soberbia de los descendientes de Noé, que pretendían desafiar al Cielo. Hizo que se confundieran, que ninguno entendiera el habla de su compañero, relata el Antiguo Testamento. Hasta 117 familias, o troncos idiomáticos, había establecidos en Sudamérica, dice estudio de 1968.

Idioma rescatado. El guaraní siempre ha sido la lengua usual de Paraguay. Todos los paraguayos hablan fluidamente el guaraní, idioma rescatado y adoptado, incluyendo su diccionario, con más de 20.000 vocablos, por las misiones de los jesuitas que dedicaron especial atención a cultivar y consolidar la lengua guaraní. Y el país de los valientes extendió su decidido empeño de compenetración y respeto a su raíz aborigen fijando, para su nación, dos exclusivos idiomas.

La Constitución de Paraguay elevó el rango del guaraní, en 1992, Quinto Centenario del Descubrimiento de América, a idioma oficial de la República, junto con el español. Primer rincón americano con la bravura ejercida –mantenida– a flor de labio.

El historiador guaraní, embajador de Paraguay en Cuba, Augusto Ocampos Caballero, acaba de presentar en La Habana un profundo libro sobre la historia común de guaraníes, caribes y aruacos, que explica el desarrollo e itinerario de las lenguas del Continente. Ocampos tiene lista para publicar una obra, de investigación y estudio, tituladaRezar en Cuba , cuyo prólogo he tenido el honor de escribir.

Augusto Ocampos, vale la pena reafirmar, es hijo y fiel exponente de “El país de los valientes”.

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