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La conjura de los cínicos

Eterna promesa de un futuro esplendoroso, que nunca acaba de llegar

Pablo Molina


A pesar de que la Historia muestra inapelablemente el desastre que las ideas socialistas han provocado a la humanidad, el proclamarse de izquierdas sigue teniendo hoy un gran predicamento social. Pero ser de izquierdas no es ya una convicción intelectual, consecuencia de profundas reflexiones sobre graves cuestiones relativas a la filosofía o a la ciencia económica, sino simplemente una cuestión moral, entendiendo esta en clave posmoderna, con toda su carga de relativismo.

Lo que está bien y lo que está mal ya no es fruto del dictado propio de la naturaleza humana, recogido por una tradición de siglos, ni de los grandes principios fundadores de la civilización (derecho a la vida, a la propiedad, a la libertad...), sino una mera cuestión de mayorías, pues hasta el rigor de la “ética marxista” (en el fondo, y a pesar de Marx, la filosofía de él fue una doctrina creada desde las bases de una nueva moral revolucionaria) ha sido laminado por esta izquierda nihilista, demasiado perezosa para pensar. Si la mayoría está a favor del aborto, de que el Estado expropie los bienes de sus ciudadanos o de que les prohíba ejercer su responsabilidad como hombres libres en alguna parcela de la vida, entonces se trata de algo bueno que debe ser sancionado como tal.

Se sobrentiende que quien se declara de izquierdas está a favor de la paz, el bienestar humano, la igualdad, las especies protegidas y el ambiente, mientras que quien se declara ajeno a las ideas de izquierda o, como yo, muestra una repugnancia espontánea ante ellas es, por el contrario, un sujeto egoísta, deseoso de mantener sus privilegios a costa de los más desfavorecidos y alguien a quien le da exactamente igual destruir el mundo, a causa de su avaricia.

Bienestar y libertad. El razonamiento es demasiado simple, mas no por ello menos efectivo. No importa que sean precisamente las ideas que más odia la izquierda las que hayan procurado al ser humano las mayores cuotas de bienestar y libertad de nuestra historia pues, como toda utopía, la filosofía de izquierdas no se valora mediante el contraste con sus efectos reales, sino en función de su eterna promesa de un futuro esplendoroso que nunca acaba de llegar.

Pero esta sustitución de las ideas contrastables con la realidad por una colección de dogmas acríticos acaba haciendo aguas también, y solo es posible su defensa desde una posición de gran cinismo.

Solo si se entiende bien esto es posible interpretar correctamente las contradicciones flagrantes en que incurre constantemente la gente de izquierdas.

El izquierdista occidental, que abomina el capitalismo, nuestra tradición y nuestra cultura, defiende sin recato los sistemas colectivistas que aún imperan en algunas partes del planeta, pero en su fuero interno no dejará de perseguir los beneficios que le proporciona nuestro sistema: seguridad, dinero, comodidades y poder.

Las personas que se definen de izquierdas no son tan necias como para pensar sinceramente que los artistas multimillonarios abominan realmente el dinero y la fama, o que aceptarían encantados que Occidente se convirtiera en ungulag colectivista, o que un Gobierno, por muy progresista que fuera, se incautara de todas sus propiedades para redistribuirlas entre los menos favorecidos.

Alma burguesa. Al contrario, saben (o sospechan) que detrás de esa estética revolucionaria descansa plácidamente un alma burguesa, dispuesta a gozar del confort de una vida de lujo. Sin embargo, esta íntima convicción no basta para que, cuando el típico cantautor millonario cierra un concierto gritando “que se mueran los ricos”, la audiencia se sienta insultada en su inteligencia y obre en consecuencia.

Tampoco es probable que confíen sinceramente en que sus admirados cineastas, actores y faranduleros estén en contra de la guerra o de las catástrofes ecológicas, cuando estas se siguen produciendo y nadie abre la boca para emitir la más mínima protesta.

La izquierda de base saldría a manifestarse en masa a la calle si un Gobierno decidiera privatizar servicios públicos como la sanidad o la educación. En la cabecera de todas estas algaradas irían, sin duda, los referentes morales del izquierdismo (artistas, intelectuales y líderes políticos), pese a que, como es público y notorio, llevan sus hijos a carísimos colegios privados y que, cuando se enferman, no acuden a la puerta de urgencias del ambulatorio más cercano de la Seguridad Social, sino a clínicas de superlujo.

En lugar de exigir libertad para elegir el tipo de sanidad o de educación, la izquierda de a pie prefiere seguir sometida al régimen de colectivización forzosa impuesto por los Gobiernos, del que (por algo será) sus referentes intelectuales y mediáticos huyen como de la peste.

Los más perjudicados. Las clases más desfavorecidas son las más perjudicadas por las políticas izquierdistas basadas en el igualitarismo. La depauperación de la enseñanza pública, por ejemplo, no afecta a las clases pudientes (y aquí incluyo a los eximios propagandistas del socialismo), que no utilizan ese servicio, sino precisamente a las personas con menos recursos económicos, que no tienen otra vía para la promoción social de sus hijos.

Esto es algo tan evidente que solo empleando una fuerte dosis de cinismo puede negarse, sobre todo si uno pertenece al grupo de los afectados. Sin embargo, los “creyentes” no renuncian a su ideología ni abandonan sus ilusiones ni confiesan los errores de sus políticos. Prefieren seguir aferrados a la estética de izquierdas, por más que sigan estrellándose con la realidad del infortunio provocado por “los suyos”. Con echar la culpa a la superestructura, al capitalismo o al rival ideológico, sortean el peligro de confrontar sus ideas con la realidad desnuda y extraer las debidas conclusiones.

Guy Mollet, presidente del Consejo de Ministros francés en tiempos de la IV República, se defendió de una crítica parecida soltando esta frase lapidaria: “Se nos achaca que nuestra política ha fracasado. ¿Acaso es razón suficiente para renunciar a ella?”. En aquel momento, provocó la hilaridad general. A juzgar por cómo está el patio, su planteamiento hoy sería acogido con el máximo respeto.

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