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Guerrillero de la moral Jorge Manuel Dengo, modelo permanente de responsabilidad ciudadanaEnrique Obregón Valverde Por lo general nos acostumbramos a reclamar derechos marginando el esfuerzo que debemos hacer por cumplir nuestras obligaciones. Tal vez la medida exacta del ciudadano completo la marcó un filósofo griego de la antigüedad, al sentenciar: “Debemos obtener menos de lo que la ley nos permite obtener y hacer más de lo que la ley nos obliga hacer”. Este precepto moral es lo que ha definido, durante toda su vida, la vocación de servicio y la prudencia para no abusar cuando ha ejercido las funciones públicas a Jorge Manuel Dengo. Algo que debería ser lo normal de quien ejerce cargos de gobierno pero que, por desgracia, se ha convertido en excepción y, por eso, hay que resaltarla. La democracia considerada como ese régimen político cargado de vicios y dotado de algunas virtudes, da lugar a un tipo de ciudadano equivalente. Somos personas con muchos vicios y pocas virtudes. La lucha permanente es por enmendar y corregir los vicios y por cultivar y promover las virtudes, pero es actitud que muy pocos se esfuerzan por mantener. Cuando, de pronto, nos encontramos con un ciudadano que consideró la cosa más natural del mundo actuar según la virtud, nos sentimos sorprendidos ante su presencia excepcional, indicadora de que el bien y la responsabilidad son las bases humanas de todo lo que podemos entender por democracia. El bien a los demás. John Locke afirmaba que “la finalidad del gobierno es el bien de los hombres”. Asimismo, por extensión, podemos decir que esa es también la finalidad del ciudadano. Quien actúa pensando en hacer el bien a los demás, entendió la esencia misma de la convivencia democrática. El bien común a que se refieren los teóricos de la ciencia política como objetivo final del sistema democrático, solo puede lograrse a través del recto actuar de los ciudadanos, estén o no en el ejercicio de la función pública. Y es así, porque la democracia es una forma de vida basada en la moral, la solidaridad y el sentido de responsabilidad general. Hay varias formas de combatir los males que el gobierno ocasiona, sea o no democrático. Por ejemplo. Organizándose para protestar públicamente por ciertas labores gubernamentales, ejercer actos de presión por las distintas maneras en que esta pueda expresarse o mediante el ejemplo aparentemente pasivo, como Ghandi, que se mantuvo fiel al principio siguiente: “Cuando la voz de la conciencia la siento superior al mandato de la ley, me inclino por la conciencia y no por la ley”. Pero podríamos pensar en otro camino que señala destacadamente el ciudadano que entendió que su misión es hacer el bien y cumplir con las obligaciones que determina la ley y prescribe la moral, actuando en consecuencia. Claro que, en el caso de Jorge Manuel Dengo, casi podríamos atrevernos a decir que no es ni siquiera virtud personal, ya que esa forma de actuar le viene por la sangre, es genética. Hay esfuerzo personal, desde luego, pero la herencia ha jugado un papel de suma importancia. O, como diría un viejo campesino de Costa Rica, “le viene de nación”. Principios y valores. Pero lo que sí ha sido propio de él es su forma de ejercer la función pública, desempeñándose de manera sencilla, natural, silenciosa y hasta podríamos afirmar que clandestinamente. En una sociedad como la nuestra, cargada de corrupción, Jorge Manuel ha sido como un guerrillero de la moral: con el arma de su ejemplo, ha sido un defensor a ultranza de los principios y valores que han servido de base a la tradicional sociedad costarricense y a la democracia que en ella se originó. No hay retórica en su forma de expresarse ni doctrina política ni discurso justificante. Es un hombre que solo ha ejemplarizado con su acción, como un recio personaje bíblico. La permanencia de Jorge Manuel Dengo en la sociedad costarricense es como un modelo permanente, pero también asegura que la democracia es posible si mantiene viva la esperanza de una forma de vida solidaria, fraternal y de firme responsabilidad ciudadana.
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