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El fanatismo niega la democracia El fanático no piensa y, amenazado, dictamina: es imposibleLaurencia Sáenz Benavides La necesidad de encontrar las causas de cuanto acontece es al pensamiento lo que la función alimenticia es al cuerpo, decía la psicoanalista Piera Aulagnier. Y esa necesidad se hace aún más imperiosa cuando intentamos explicar las razones del mal que nos aqueja, ya sea en nuestra vida personal o en el ámbito de la escena colectiva que llamamos sociedad: encontrar la causa de ese mal, es, pensamos, hacerlo menos nocivo. Pero la causa de lo que nos afecta está siempre como atrapada en el complejo tejido que trenza la vida, y quien camina en su búsqueda por las sendas inestables de la reflexión, debe de estar dispuesto a caer presa de las marañas que, temerario y presuntuoso, quiso una vez desenredar. Pensar es difícil. Y quizá solo aceptando la trivialidad enunciada se empieza realmente a pensar. Pero, ¿cuál es la dificultad dentro de la cual se instala el ser humano cuando piensa? ¿Y qué es pensar? Pensar, decía Platón, es un diálogo silencioso del alma consigo misma. Pero quien dice diálogo, dice al mismo tiempo diferencia de sí a sí. No se piensa, no se dialoga, si no se introduce la diferencia dentro de su propio ser. Esa diferencia intrasubjetiva es una separación que se declina bajo múltiples modos, entre los cuales tres esenciales: la separación entre el deseo y el objeto del deseo, la separación entre el querer y el poder, separación entre mi representación y la realidad representada. En el espacio conflictivo de esa triple separación, entre el deseo y lo deseado, entre lo querido y lo posible, entre la representación y lo representado, se despliega el ejercicio del pensamiento. Por ese espacio de separación deambulamos, ya meditabundos, complaciéndonos en “perseguir la fisonomía de los objetos en toda su delicada, compleja estructura” (Ortega y Gasset), ya impulsivos, impacientes por reducir ése intervalo de separaciones que impone la implacable realidad. Por ese camino, no llegamos muy lejos si no somos capaces de encontrar al otro, a la otra persona que en realidad nos precede en ese transitar, y que es portadora del otro punto de vista que incomoda por el cambio que nos insta a provocar en nuestras convicciones íntimas. “Pensar en el lugar del otro”, la célebre máxima de la Ilustración kantiana, es en realidad ser portador de la dimensión de la alteridad, sin la cual no es posible darle al otro su justo lugar. Aceptar que la separación entre lo que se ignora y lo que se anhela saber, es un largo camino rico en bifurcaciones, supone la capacidad de abrir dentro de sí mismo múltiples dimensiones, merced a las cuales se puede poner en entredicho, por ejemplo, una convicción, sin tener por ello la sensación de caer en un abismo. El fanático. Es precisamente porque no es capaz de aceptar la separación y de albergar dentro de sí la dimensión de la alteridad, que el fanático no piensa. No tiene esa facultad de distancia crítica, porque vive sus convicciones como si estas constituyeran la sustancia más íntima e importante de su ser: vive la política o la religión como una suerte de prótesis espiritual con la que logra colmar el vacío de su mente alienada. No distingue sus opiniones de su propia piel, carne y sangre: separarse de ellas para examinarlas, en un intento de autocrítica, o simplemente para poder identificarlas, es contemplar, horrorizado, el espectáculo intolerable de un ser en carne viva. Por eso es el primero en escandalizarse cuando se le habla de imparcialidad del juicio y de libertad de pensamiento, aún como ideales reguladores. Se escandaliza porque no entiende cómo llegar a ellas, y, amenazado, dictamina: es imposible. No piensa, sino que se aferra a números, cálculos y deducciones lógicas que tienen como principal función el preservarlo de la “prueba de la duda” (Aulagnier). Usa de las categorías políticas izquierda o derecha como normas en función de las cuales se opera una división rígida entre el bien y el mal. En bocas y oídos fanáticos, las categorías “conservador de derecha”, “progresista de izquierda”, “vagabundo de izquierda” o “trabajador de derecha”, son los criterios de máximo valor para aceptar o rechazar un pensamiento. Sólo tiene amigos pertenecientes a su mismo rebaño ideológico, porque éstos no lo amenazan en la imagen que busca tener de sí mismo. El conflicto que nos hace vivir la separación entre lo anhelado y lo posible, entre lo representado y la representación, y entre el deseo y lo deseado (conflicto que es el medio natural de la actividad de pensar) es, para él, intolerable. Por eso, cuando se trata de buscar las causas del mal que sufre, en tanto individuo, o como parte de una sociedad cuya angustia se siente padecer, lo que busca es en realidad ponerle fin a esa situación de conflicto que ya no puede soportar: en ese sentido, no le importa si la causa que ha designado como culpable de su padecimiento es realmente verdadera o falsa. Lo que le interesa es que tenga el efecto adormecedor de una sustancia anestésica. La angustia social: mal augurio para la democracia. El placer que trae el ejercicio del pensamiento se arraiga en un terreno de conflicto, y quien desea pensar, sin sucumbir al fanatismo, debe tomar conciencia de ello. Pero hay situaciones en las que la angustia social se torna tan aguda, que el fanatismo invade progresivamente la escena colectiva como una mala hierba: la angustia social, llevada a grados intolerables, es el punto crítico a partir del cual el cuerpo colectivo formula el deseo de que “algo”, “cualquier cosa”, le ponga fin a ese malestar que lo consume. El líder carismático, el populista, saca un provecho enorme de tales circunstancias: por su cuerpo, discurso, y acción, hace brillar la ilusión de que acabará con todos los males que aquejan a la sociedad. Proteger a nuestra sociedad de la angustia social es protegerla del fanatismo y de la emergencia de dictadores populistas, cuyo objetivo es poner fin a los principios espirituales en los que se fundamenta la democracia moderna. Como “puesta en sentido” (C. Lefort) de las relaciones sociales, en un régimen democrático el discurso sobre lo que acontece en la trama colectiva toma la forma de una “interrogación sin fin”, en la que participa, por derecho, un conjunto de voces divergentes. Al destruir las bases de un estado democrático de derecho, el líder populista no sólo le pone fin a los derechos fundamentales de la persona, sino que además niega lo que en el lenguaje de Montesquieu puede ser considerado como unos de los “principios pasionales” de la democracia moderna: la aceptación del conflicto entre las voces divergentes que se pronuncian sobre el “ser” de lo social, y la tolerancia hacia el carácter imprevisible e indeterminado de la historia.
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