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Ojo Crítico Rodolfo Cerdas Nuestro Estado, cada día, muestra más su colapso. Es disfuncional, falla en todas partes, pide a gritos una poda y reforma profundas y solo lo salvaría un cambio de régimen político. Hoy por hoy, es el coto de caza de cuanto sinvergüenza con iniciativa aparece en el horizonte. Hay esfuerzos de gran valía, como la lucha contra el narco, los vicios en Migración, en el INS, en Educación y la Fiscalía, culminando con los plantones que tienen que hacer la Contralora y el Regulador. Esto, pese a su enorme importancia, no puede detener la herencia nefasta que se acumuló en las cúpulas y que, como avalancha, descendió a las bases y se extendió por todo el tejido social. Erradicarla requiere un exorcismo, primero en eso que llaman partidos, luego en la financiación de las campañas, para culminar con una reforma en el régimen electoral. Se requieren hechos y realizaciones, no palabrería y pretextos. Se debe enfrentar la corrupción donde se encuentre y contra quien sea, tenga o no votos para aprobar el TLC en la Asamblea. Hay que recuperar la riqueza perdida y evitar la impunidad. Sin embargo, lo que vemos es una sospechosa pasividad, acomodada a ciertos vicios y alérgica al deseo real de combatir la corrupción. Lo sucedido con las tierras del IDA no puede quedar impune, ni debe permitirse que consoliden sus usurpaciones quienes se apoderaron de ellas con subterfugios. Este negociado se levanta sobre la miseria de miles de campesinos sin tierra, condenados a la pobreza por la avidez de burócratas, especuladores y traficantes de influencias políticas. Para colmo de males esas mismas tierras se han utilizado para vender al país, en el cual desde hace rato empezamos a ser extranjeros en nombre del turismo y la globalización. No se debería aprobar un solo impuesto más mientras no se recuperen esas tierras; no hay ninguna autoridad moral para imponer más cargas, si solo se trata de continuar con el festín. Hoy la mayoría de los políticos no osan hablar contra la corrupción, porque es nombrar soga en casa de ahorcado; si se le menciona, es como sobre ascuas. ¿Será una noche de rabos largos, donde algunos no se mueven para que no les majen el suyo? ¿Habrán sido socios en el festín? ¿O algo inconfesable atora su garganta? Este silencio y pasividad se disfraza, en una Asamblea cada vez más dependiente y sumisa al Ejecutivo, con un inútil bla bla con el que se dice que se ejerce –esto lo dicen inflando el pecho– “el control político”. Pero, mientras tanto, en la realidad, la corrupción y la complicidad campean tranquilas, florecientes y descaradas. No se puede negar: ¡qué linda es la democracia!
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