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Al fondo del basurero Ángela Ávalos El hombre pasó frente a mí como un alma en pena. Iba vestido con un pantalón café lleno de costras de su travesía callejera. Su camiseta azul estaba rota y solo calzaba un zapato. El otro pie lo protegía con una media sucia. El hombre renqueaba. Una fuerza invisible parecía empujarlo hacia delante, sin destino. Caminó directo al basurero y se sumergió en él, revolcando cuanto encontró en su interior. Entre sus manos tenía un pedazo de piña podrida. El hombre no lo pensó dos veces para llevársela a la boca y exprimir el caldo agrio de la fruta. Con sus dedos, escarbó cada rincón para despegar de la cáscara cuanto sirviera para comer. Las manos estaban sucias y tiznadas con el color de la calle. ¿Cuál sería la historia de este hombre? ¿Por qué llegó hasta allí? ¿Cuáles motivos serían tan poderosos como para llevarlo directo al fondo de ese basurero? Seguro él duerme en las aceras, hace sus necesidades en cualquier lugar donde lo pille la urgencia y come basura. Su salud física no es la mejor. La mente vuela por un mundo que, seguro, no es el mismo que pisa. ¿Y su corazón? Los ojos reflejan una tristeza inmensa. Camina perdido esquivando a la gente, que también le huye. Unas pocas horas antes de encontrarme con este otro rostro de mi país, conversaba con una amiga sobre la gran cantidad de personas que deambulan por las calles de la capital y de los barrios de todo el territorio. Son personas destruidas por la violencia del hogar, la calle y la sociedad. Como este hombre, esos otros seres humanos fueron empujados hasta el fondo del basurero por la falta de solidaridad de la gente, la desigualdad creciente y por la terrible ola de indiferencia. La nuestra es hoy una sociedad de extremos, donde muchos hombres y mujeres de todas las edades viven de revolcar los basureros. Un país con gente que come basura, sin oportunidades de crecer, de tener un hogar, estudiar y desarrollarse, no va hacia ningún lado más que hacia el fondo del mismo basurero. El nuestro todavía puede dar un salto atrás para no caer en el abismo. Empecemos en nuestras casas, enseñando el verdadero respeto a los otros, la honestidad y el amor a las demás personas. Ayudemos a quien más lo necesita, dándole la caña de pescar para evitar que caiga en el basurero adonde van a dar los desechos humanos.
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