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¿Bendita corrupción?

El costo de un sistema que facilita el desánimo

Christian E. Campos Monge
chrisjm33@yahoo.com


Siempre y cuando se vean obras concluidas o mejor prestación de servicios, se dice que algunas personas estarían de acuerdo en aceptar la presencia de algún grado de corrupción. El ciudadano parece estar tan cansado de los discursos de plaza pública que, a la larga, prefiere tirar la toalla y tolerar como normal lo irregular. Ese es el costo de un sistema que facilita el desánimo. Se piden resultados y el logro sería sin importar el costo.

Bendita corrupción, parece que muchas veces parece que se sale con la suya. Pero no tiene que ser así. Las administraciones públicas, en la medida en que apliquen bien el marco dispuesto (pensemos, por ejemplo, en las áreas de control interno, contratación administrativa, planificación y presupuestos, reclutamiento de personal) son menos proclives a ser caldo de cultivo de la corrupción. Pero cuando se le busca la comba al palo, suele relucir ese dicho de “hecha la ley, hecha la trampa”; es decir, la ley se analiza no para cumplirla, sino para buscar los portillos abiertos que dejó y salirse, por ende, del canasto del mandato. Bendita corrupción, entonces, que crea mentes “brillantes” o “expertos” en evasión, irrespeto, del que a todo le tiene explicación o excusas falsas para salirse con la suya.

Y el sistema lo tolera. La impunidad no es casualidad, es simplemente que el marco legal no ayuda en castigar con todo su peso al infractor. Creemos en el debido proceso, pero se ha prostituido tanto que cada vez es menos difícil despedir sin responsabilidad patronal al corrupto, pese a saber que sí hubo irrespeto en la conducta que se espera del funcionario. Las autoridades de lo disciplinario en el desempeño de los cargos públicos intentan hacer lo suyo, pero el problema va más allá de lo casual; hay un asunto de fondo, así como la cirugía pendiente al modelo de Estado o mínimo de lo que es Gobierno central; es algo más sustantivo por lo que no es de remediar con una dosis pasajera de medicina.

La corrupción supera las mentes ingenuas de muchos que dicen saber por dónde se le ataca. Este mal existe desde siempre, pero no necesariamente debe ser eterno. Creer que solo se le puede disminuir es anunciar de entrada que la lucha tendrá el resultado final de la derrota. Se debe partir del supuesto de un esfuerzo nacional, fino, responsable e inteligente; de una tarea, a partir de la cual cada uno cumple con su rol y da cuentas de los resultados. No cabe el discurso simplista, sí el compromiso cierto.

Hay un punto pendiente. La Convención de corrupción de la ONU sigue en espera de ser aprobada finalmente por la Asamblea Legislativa: ¿Qué se espera? ¿Acaso no amerita ser aprobada? Esa Convención, junto con la de la OEA y otros instrumentos internacionales, debe provocar, por otro lado, una autorreflexión sobre si estamos claros de en qué y cómo entrarle a la corrupción. Se escuchan ideas, se toman decisiones, pero uno se pregunta si ya fijamos el rumbo de país en esto.

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