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Esas mujeres olvidadas Creo en mi corazón, siempre vertido, pero nunca vaciado–Gabriela MistralÓscar Arias Sánchez Presidente de la República Decía la gran escritora costarricense Eunice Odio que “ser hijo de sí mismo, es el segundo alumbramiento”. El Día Internacional de la Mujer representa ese segundo alumbramiento: el que las conduce a pertenecerse, a ser hijas de sí mismas y de su voluntad. Nadie nace para vivir en cadenas, ni para doblegarse ante otros y servirles a otros, porque nadie es hijo o hija de un dios menor. Lleva razón quien afirma que el mayor sistema de apartheid , la mayor discriminación, la más multitudinaria, milenaria, absurda e injusta exclusión de toda la historia humana, es la que ha sufrido la mitad de la población mundial a lo largo de los siglos. La historia de la emancipación femenina es, tal vez, una de las más impresionantes cadenas de relevos solidarios a través del espacio y del tiempo. Desde Safo de Lesbos, Juana de Arco, Isabel I, Olympia de Gouges, Abigail Adams; hasta Marie Curie, Simone de Beauvoir, Indira Gandhi, la Madre Teresa de Calcuta, Sally Ride y Betty Williams no han hecho más que transmitir una cadena silenciosa de libertad, mucho más fuerte, mucho más profunda, mucho más resistente, que cualquier cadena de opresión que sobre ellas se impusiera.
Esperanza y logros. En materia de género, hemos cosechado ya grandes frutos: Costa Rica se encuentra entre los tres países con mayor participación femenina en el Congreso, hemos logrado importantes avances en las tasas de esperanza de vida y participación neta en el empleo. También hemos alcanzado adelantos cruciales en educación, con tendencias positivas en la cobertura de educación secundaria y de asistencia a la educación regular. A nivel universitario, en el 2005, más del 60% de los estudiantes graduados en las universidades estatales eran mujeres. Pero estos logros no pueden hacernos desviar la atención de la enorme cantidad de aspectos en los que no hemos mejorado, o vamos en franco retroceso: el desempleo abierto, el subempleo, los puestos directivos en las instituciones del Estado y en la empresa privada, así como el número de familias pobres con una mujer como jefe de hogar, son algunos de los que más urgentemente debemos atender. Por ello el 8 de marzo se dio a conocer la Política Nacional de Igualdad y Equidad de Género, una estrategia con la que se pretende abordar estos temas a lo largo de los próximos diez años, y alcanzar importantes avances en materia de género para el 2017. Sin embargo, hoy nos toca lidiar, también, con los desafíos del 2007, con los desafíos del presente. Los desafíos que enfrentan las mujeres olvidadas, las indígenas, las inmigrantes, las del tugurio, las de la tercera edad, las madres adolescentes, las viudas con cinco o más hijos. Los desafíos que enfrentan no las mujeres que quisiéramos tener, sino las que tenemos. Fin a ciclos. Podemos aumentar la presencia femenina en puestos de dirección, pero ¿cómo hacemos para que una mujer que apenas terminó el sexto grado sea gerente de una empresa? Podemos aumentar los centros de cuido para los niños y niñas, pero ¿qué hacemos con las mujeres que tienen que dejar a sus hijos e hijas en zonas alejadas, mientras ellas se desplazan a la ciudad en busca de empleo? Podemos promover más y mejor educación sexual en las escuelas y colegios, pero ¿qué hacemos con las niñas y muchachas que ya han quedado embarazadas? Podemos favorecer la inserción laboral de la mujer profesional, pero ¿qué hacemos con las miles de amas de casa que no pueden salir de su condición de pobreza? ¿Qué hacemos, en suma, con todas las mujeres que ya han sido excluidas? No podemos permitir que los ciclos de miseria y exclusión se reproduzcan en sus hijas y nietas, mientras las demás mujeres progresan. De ahí la existencia del programa Avancemos, del programa de erradicación de precarios, del programa de capacitación de mujeres en condición de pobreza, del programa de complementos de ingresos y servicios a las familias, y de la duplicación de pensiones no contributivas. Todas estas acciones no son sino formas de paliar la difícil situación que actualmente enfrentan cientos de miles de esas mujeres olvidadas. Todo esto lo hacemos porque creemos en ellas. Creemos en ellas como creía Gabriela Mistral cuando escribía: Creo en mi corazón, el que en la siembra / por el surco sin fin fue acrecentado. / Creo en mi corazón, siempre vertido, / pero nunca vaciado . Con estos programas, con nuestra dedicación y esfuerzo, seremos cántaro insondable para la vida que a borbotones surge de esos corazones vertidos, pero nunca vaciados.
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