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EDITORIAL

Terror vial

Un guion conocido: un tráiler, un chofer borracho, muertos, heridos y un propietario impune
Solo las sanciones fuertes –y aplicadas– pueden mover a imprudentes y criminales a tomar conciencia de esta patología social


Los accidentes de tránsito, con su cortejo interminable de muertes, heridas y lesiones, ha consumido buena parte de los espacios noticiosos de la prensa nacional por mucho tiempo. El espectáculo brutal de estos hechos no ha calado, sin embargo, en las mentes y en la voluntad de muchos conductores. La gravedad y magnitud de esta patología social no ha logrado un cambio.

Más bien ha ocurrido lo contrario. Las muertes colectivas, como si se tratara de un ataque bélico o de un acto terrorista, siguen llenando de duelo, orfandad e impotencia a muchas familias, y los accidentes provocados no por la imprudencia o por fallas metálicas, sino por conductas demenciales, casi diríamos por una programación criminal, continúan su danza macabra, al conjuro del licor, de las drogas y, de seguro, de la ausencia total de respeto a la vida humana. El tema es amplio y merece los más sesudos análisis interdisciplinarios ya que está tocando la gama de valores básicos de una sociedad civilizada. El paso inmediato no pertenece, sin embargo, al orden teórico, sino al de la acción política, enmarcada en el Código Penal y en la aplicación de las normas correspondientes.

La experiencia demuestra que, ante la criminalidad, la reacción inmediata de funcionarios, políticos y legisladores consiste en aumentar las penas, al calor de las presiones de la opinión pública. Este recurso no siempre logra, por sí solo, sus objetivos. Más bien, puede trocarse en evasión por no contemplarse el problema en forma integral. El caso de los accidentes de tránsito es diferente. En este campo sí funciona la sanción rigurosa, como lo demuestra el ejemplo de muchos países, siempre que, por supuesto, la norma correspondiente armonice con la decisión de la autoridad. Nuestra legislación en esta materia constituye, por el contrario, un estímulo para que los asesinos al volante sigan tronchando vidas.

Nuestra información de ayer forma parte de esta saga noticiosa sin fin. La noticia dice así: “Trailero ebrio invadió carril y mató a chofer” y causó diversas fracturas a una niña de 8 años. Otros conductores estuvieron a punto de perecer. Los datos parecen un disco rayado o un guion de sobra conocido. El chofer del tráiler, de 22 años, registró, en la alcoholemia practicada, 3,04 miligramos de licor por cada litro de sangre, esto es, el equivalente de un consumo de más de 20 cervezas o dos botellas de licor. Un conductor de un vehículo, en estas condiciones, y con más razón de un tráiler, se aparta de los parámetros más elementales de respeto a la ley y a los seres humanos, y, sobre todo, a sí mismo.

Aquí no se detiene el análisis. Tan grave como el hecho en sí son sus antecedentes, los otros actos criminales similares ocurridos en estos meses, cuyo espectáculo y consecuencias poco le importan a choferes de esta mentalidad y, mucho menos, a los propietarios. A muchos de estos les interesa hacer la contabilidad al terminar el día, no la selección responsable de su personal ni la vigilancia sobre este ni la capacitación. Contratan a cualquiera, muchas veces carentes de preparación y de valores básicos, y ponen en sus manos un vehículo, autobús o tráiler, esto es, un medio de transporte, pero también arma mortífera. De aquí la necesidad imperiosa de imponer a los propietarios de estos transportes sanciones fuertes que, en verdad, los muevan a un cambio radical de conducta. La lenidad en las leyes y la falta de autoridad están causando estragos en nuestra sociedad. Estas historias de horror deben desaparecer de la geografía nacional.

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