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Futbol Internacional La ‘limpieza’ en el Real comenzó hace unas semanas con la salida de Ronaldo Pablo Mediavilla pmediavilla@nacion.com En julio del 2003 se decidió el futuro del futbol español para los siguientes cinco años, quizás más. El Real Madrid fichó a Beckham y el F. C. Barcelona a Ronaldinho. Un cruce de caminos que, pasado el tiempo, cobra rango de coincidencia cósmica, de profecía griega. El Madrid no ha ganado ningún título desde entonces y el Barcelona se ha llevado casi todos los torneos. En ese mes de calor en España, y contra todo pronóstico, empezó a agonizar la “galaxia blanca”, el experimento futbolístico más desaforado y ambicioso que haya visto el futbol mundial. El hombre clave en toda esta historia es Florentino Pérez, dueño de la constructora ACS –empresa que creció vertiginosamente en los ocho años que estuvo el Partido Popular al frente del Gobierno español–. Con el fichaje de Beckham, Pérez conseguía la “joya de la corona” para su proyecto de construir el equipo más grande del mundo, sobre la base de fichar a los mejores jugadores en cada posición y suplir los huecos con jóvenes de la cantera, política conocida como “Zidanes y Pavones”. Sin embargo, el Madrid perdió la “inocencia”, se plegó a los evidentes beneficios financieros que iba a reportar el capitán de la selección inglesa, pero perdió de vista el balón, la magia, el espectáculo que espera ver todo asistente al Santiago Bernabéu. También el espíritu de equipo se resintió, demasiados gallos en el mismo corral: Zidane, Ronaldo, Raúl, Figo, Beckham, Roberto Carlos... Los rumores dibujaban un vestuario destruido, donde varios jugadores no se hablaban entre ellos o se ausentaban para cumplir con compromisos publicitarios. Incluso, se decía que guardaban la colonia bajo llave para que no fuera copiada por sus propios compañeros. Mientras, Florentino Pérez daba cancha a sus protegidos, asistía a la boda de Ronaldo con Daniella Cicarelli en París, oficiaba de padrino en la de Luis Figo y perdonaba las fiestas nocturnas en las discotecas de la capital madrileña. Pero, ¿cómo consiguió el Madrid llegar a ese nivel y convertirse en el club más rico del mundo? En parte, por la aplicación con éxito de criterios empresariales que Pérez impuso a la institución y, como segunda razón, por el llamado “pelotazo de la Ciudad Deportiva”. Los terrenos del antiguo recinto de entrenamiento del equipo –en el puro centro de Madrid– fueron recalificados por el Ayuntamiento, del Partido Popular, y en su lugar ahora se erigen los cuatro rascacielos más altos de la capital. Con los miles de millones de dólares que el club obtuvo de ese polémico negocio se construyó una nueva ciudad deportiva a las afueras –con apariencia de centro de la NASA–, se acabó con la deuda histórica que arrastraba el Real Madrid y se ficharon más galácticos. En julio de 2003, Beckham desplegaba toda su calculada imagen ante un Bernabéu enloquecido, las cadenas de televisión conectaron en directo para todo el mundo. Días después, a 500 kilómetros de allí, Barcelona se echó a la calle para conjurar el hechizo: un Ronaldinho sonriente y con aspecto de rapero o de jugador de la NBA se asomaba a la ventana del hotel para saludar a los aficionados –aunque hoy día se le cuestione su estado físico–. Lo que pasó después en la mejor liga de futbol del mundo ya es historia.
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