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Prósperos en nuestra tierra

Con oportunidades y empleo se evitará el cruel desarraigo

Mishelle Mitchell Bernard


Vengo de una familia que dejó su tierra en busca de la prosperidad. Mum, la bisabuela, y Borrell, el bisabuelo, dejaron las costas de Jamaica para aventurarse en Limón. Décadas más tarde, sus nietos, Delbert y Marva, salieron de Limón apenas con una valija cargada de sueños y ganas de trabajar. Llegaron a San José en los tiempos en que a los negros se les pellizcaba para tener buena suerte y se les llamaba de manera despectivablinkies, en alusión a un popular muñequito color carbón.

Obtuvieron empleo en la Caja. Ella como auxiliar y él como laboratorista. A punta de esfuerzo y jornadas larguísimas, que empezaban a las cinco de la mañana y terminaban pasadas las once de la noche, construyeron una casa digna y enviaron a sus hijos a las mejores escuelas que podían pagar.

En mi niñez no hubo viajes a Disney. Las vacaciones eran el regreso a la tierra propia, las casas de amplios corredores y baños en el patio de Sis, Granny y Apa –los abuelos– y rodeada por una pandilla de primos. No las cambio por nada.

Merecido tributo. A mis padres no les reprocho nada. Ni siquiera el forzado desarraigo que nos redujo al bochornoso título de black pañas: los hijos de los nacidos en el exilio. Todo lo contrario, a mis padres les rindo tributo. Sirvan también estas líneas para honrar a los que eligieron salir de su tierra en busca de la prosperidad y bienestar para sus hijos.

De mi familia salieron muchos hacia Nueva York, otros, literalmente, se embarcaron y desde alta mar envían todavía el sustento a los que bregan en Limón para ser prósperos, en medio de una asfixiante ausencia de puestos de trabajo, una creciente inseguridad –ahora comandada por narcopandillas– y los que tratan de subsistir en medio del asedio del embarazo adolescente y la falta de oportunidades.

Como esta prójima, son cientos de miles los que nacieron por accidente en San José o quién sabe dónde, porque sus padres buscaron la prosperidad en otras tierras. Mis padres la encontraron en San José, de la mano de la educación. Y, en vida, me heredaron la mejor. La fortalecieron aún más la honradez de los abuelos y el esfuerzo diario de tías y tíos, que, a pesar de las carencias, enviaron orgullosos a mis primos y primas a la escuela y al colegio.

Para mis hijos quiero algo más. Yo quiero que ellos sean prósperos en su tierra. Que el día de su graduación puedan escoger la mejor universidad y luego puedan regresar a contribuir con sus conocimientos y esfuerzo a que este país crezca y se desarrolle.

Otra historia. Yo amo mi tierra y quiero ser próspera en ella. Por esta sencilla razón, espero que sean más los empleos y más las oportunidades para los nuevos profesionales, los agricultores, los técnicos y para cada costarricense que desee plantar su semilla y cosechar los frutos de su esfuerzo en su propio terruño. Espero que mis semillas caigan en esta tierra, al igual que las de mis hijos. Que su historia sea la del arraigo.

Lo mismo quiero para los hijos de las madres y los padres de Cieneguita, de Talamanca, de Guápiles, de Sarapiquí, de San Carlos, de Guatuso, de Tierra Blanca, de Pérez Zeledón, de Cóbano y de quién sabe qué otras zonas más donde la urgente necesidad de trabajo y oportunidades los lanza hacia otras latitudes en busca de la prosperidad.

Por eso apoyo este TLC, no uno perfecto ni salvador, pero este que seguramente traerá más oportunidades e inversión, para que mis hijos y los hijos de mis hijos sean prósperos en su propia tierra.

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