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Esos odios terribles… Para algunos odiar, negativizar, es normal y hasta dignoRosibel Morera Profesora universitaria “Señor Julio Rodríguez. La Nación. Hágale un servicio a la humanidad. Muérase” (Firma, número de cédula, foto y datos del profesor universitario firmante). Este mensaje fue enviado al redactor de la columna En vela en el contexto de la marcha contra el TLC del 26 de febrero. ( La Nación , 28/2/07). Traumático para quienes hemos sido profesores universitarios mucho tiempo. Platón preguntaría: ¿Qué caracteriza a un educador? ¿Cuándo lo que lo define se corrompe? Un soldado, un perro guardián –dice en La república – se corrompe cuando ataca a quienes debe cuidar. ¿Cuándo lo hace un educador? ¿Cuándo un intelectual? ¿Cuándo su metal deja de ser puro? Desiertos y florestas. Para Heráclito, al Universo lo mueven el Amor (la atracción) y el Odio (el rechazo). La atracción reproduce la vida, el rechazo busca destruir al otro. Para la astrología, Marte rige los ejércitos y la Casa de la Muerte en un horóscopo, y Venus es afín a los Afectos, la Belleza, la Casa de los Socios y el Matrimonio. Dos lenguajes para decir lo mismo. Marte produce desiertos. Venus, verdes florestas. El odio milenario en el Medio Oriente baste como ejemplo. ¿Cuánto odio se necesita para gritar a otro “¡Muérase!”? Estoy segura de que don Julio no ha ofendido en nada a ese profesor. Deduzco que ese “muérase” va dirigido a otra cosa, a lo que lo mortifica, limita o rechaza. Su padre, un hermano, sus propias capacidades o incapacidades, los prejuicios sociales o religiosos. ¿Cómo podríamos saberlo? Lo cierto es que para algunos odiar, negativizar, sentir el amargor diario, es normal y hasta digno. Colaboración y entusiasmo. El Dalái-lama escribe en El arte de vivir en el nuevo milenio que podríamos prescindir de las religiones, no así de las cualidades espirituales: compasión, paciencia, contención, perdón, amor, responsabilidad. No de la empatía, que los tibetanos definen como “incapacidad de soportar la visión del sufrimiento ajeno”. Necesitamos y agradecemos la amabilidad, dice el Dalái. La hostilidad, la sequedad, el menosprecio, crean odio y resentimiento. La amabilidad, el diálogo, la simpatía, recogen colaboración, incluso entusiasmo. Universalmente, sabios y santos dan el mismo consejo: absténganse de odiar. El odio envenena a quien lo siente y a quienes lo rodean. Intenten la empatía, la buena acogida, al menos la respetuosa tolerancia.
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