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Artista recoge las huellas de los sabaneros y las cocineras Karen Clachar pretende mantener viva la rica herencia de GuanacastePlacas de cemento serán recordatorio de personajes llenos de tradición e historia Doriam Díaz ddiaz@nacion.com Liberia, Guanacaste. En el parque de Liberia, una “chiquillada” de sabaneros y cocineras se reunió para dejar sus huellas como testimonio de que son herederos de dos oficios tradicionales casi extintos en Guanacaste. Eran unos 15. Todos ya peinan canas y sus rostros están surcados por profundas arrugas. Juntos son historia viva, y, entre chistes, anécdotas y recuerdos, reconstruyen lo que fue “la época de oro” de los sabaneros y cocineras en las grandes haciendas ganaderas guanacastecas. Por esta razón, ellos fueron convocados por la artista Karen Clachar, quien realiza una serie de intervenciones artísticas en Liberia, como parte de su proyecto Huellas de una Herencia . Esta iniciativa pretende rescatar el patrimonio de esa provincia.
A petición de Clachar, los sabaneros estamparon las huellas de sus pies, y las cocineras dejaron las marcas de sus manos en placas de cemento, las cuales serán distribuidas en Liberia. Estas piezas no solo son un homenaje al trabajo que estos personajes hicieron durante toda su vida, sino también son un recordatorio de esos oficios para el resto de los costarricenses. “Mi interés es registrar gente que ha dejado una huella importante, pero cuyo aporte no figura en ningún lado”, detalló Clachar. ¡Manos y pies, al cemento! El jueves a las 10 a. m. en punto, aquella “chiquillada” –como la llama Félix Amado Grillo, presidente de la Asociación de Sabaneros– tomó el quiosco del parque de Liberia.
Allí, a la sombra y rodeados por curiosos, uno a uno dejaron la impresión de sus manos y sus pies. El resultado fue un muestrario de huellas que hablan de trabajo, humildad, fuerza y experiencia. Cuando le tocó su turno, Juan Alberto Viales, sabanero menudito de 83 años, sacó de sus zapatos unos pies fuertes que antaño se vistieron con botas que lo subieron al caballo para perseguir y atrapar toros cimarrones y para realizar otras tareas típicas de su trabajo. Él y otros sabaneros recordaron las épocas en las que trabajaban en haciendas como Santa Rosa, Los Ahogados, Tempisque, El Hacha, El Jobo y Orosi. Vida sacrificada. Un sabanero debía estar en pie y ya desayunado a las 2 a. m. para encargarse del hato de ganado. Por ejemplo, una hacienda como Los Ahogados tuvo 18.000 cabezas de ganado. “Sin los sabaneros en una hacienda, el ganado se moría”, agregó Bernardino Angulo, de 76 años, mientras esperaba estampar sus huellas.
Las cocineras debían chorrear el café, palmear las tortillas y poner a humear el gallopinto antes de que aquellos hombres salieran. “Una se encargaba de cuidar a los peones y a los sabaneros. Era una vida muy sacrificada, pero me gusta más que la de ahora”, dijo Laura Guido, de 70 años. Tras desayunar, los sabaneros cuidaban el ganado hasta el final de la tarde. Iban ataviados con sombrero y botas hasta la cadera y acompañados por su caballo, el “cacho carbolinero” (donde llevaban la carbolina para curar a los novillos), la cutacha (machete envainado) y un mecate. Recuerdan que en Santa Rosa había una “ley del sabanero”, por la cual, aquel que había perdido un toro y cometido algún error, era sometido al “zopilote”. Entre risas, los sabaneros cuentan que se mataban dos o tres zopilotes y se dejaban en lo alto de un árbol. Varios días después, los “mal portados” eran subidos al árbol por sus compañeros hasta que su cara quedara enfrente del zopilote putrefacto y lleno de gusanos. Aquella “reprimenda” aseguraba que ni los sabaneros ni las cocineras volvieran a equivocarse Ellos tenían de uno a tres días libres al mes para ir a visitar a sus esposas e hijos. Con pesar, ellos afirman que la desaparición de las grandes haciendas ganaderas ocasionó la extinción del oficio del sabanero. “Aquellas grandes haciendas que necesitaban muchos sabaneros para cuidar el ganado desaparecieron. Eso se terminó. Era una vida muy dura, pero bonita”, concluyó el sabanero Angulo.
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