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El espacio crítico de la religión

Transformar la sociedad equivale a transformarse a sí mismo

Víctor Ml. Mora Mesén
Director Saint Francis College

En 1940 Walter Benjamin afirmaba que la crítica social realizada desde los parámetros del materialismo histórico debía contar con la herramienta de la teología. Su argumento era que la convicción religiosa aporta un plus al compromiso por la transformación social: la creencia en lo trascendente. En el 2005, Slavoj Zizek invirtió los términos de esta afirmación, ya que la autonomía secular de la organización social implica para él que lo religioso cumpla dos posibles funciones: o ayuda a que los individuos se inserten mejor en el orden existente, u ofrece un ámbito de participación en la crítica social. Por eso para Zizek la teología que se ubica en esta última alternativa se tiene que valer del instrumental crítico del materialismo histórico, como la única manera de aportar algo relevante al cambio social.

Resulta llamativo que dos teóricos materialistas hayan visto en la religión judeo-cristiana una fuerza de transformación social, pero aún así dejan de lado una dimensión importante: la religión como lugar de autocrítica. Tal vez es aquí donde encontramos el más grande pecado de omisión de aquellos que nos llamamos creyentes. La experiencia de Dios no se ubica meramente en el ámbito exterior a nosotros, la cosmovisión religiosa no es mera ideología o filosofía política; pero tampoco se encierra en la esfera intimista, ni es una proyección de deseos incumplidos o un remedio para los dolores del alma.

La realidad que nos rodea. Encontrarse con Dios supone reconocerse en medio del mundo desde nuestros valores reales, desde las implicaciones de nuestras decisiones y las vinculaciones que establecemos con las realidades que nos rodean (sociales, económicas, políticas, etc.). Desde este lugar la religión nos ofrece la posibilidad del crecimiento personal y de la crítica social. En efecto, nuestras relaciones con los demás se clarifican cuando el Dios en el cual creemos se ha comprometido con ellos con compasión y generosidad. Pero ese mismo Dios nos critica, cuando intentamos encuadrarlo desde los criterios de nuestras preferencias ideológicas, pues lanza la pregunta acerca de nuestra coherencia de vida y de la capacidad que tenemos para ser generosos y veraces.

Hoy nos percatamos, sin embargo, de que existe la tendencia de articular el discurso religioso únicamente en los términos de Zizek, sea enfatizando una función u otra. Y esto deja intocado al individuo, al obviar nuestra responsabilidad frente a los demás: ya sea que evitemos cuestionarnos acerca de la justicia en nuestra sociedad y pensemos únicamente en nuestro bienestar; o bien por aquello de que evadimos la interrogante acerca de nuestras motivaciones a la hora de tomar decisiones cotidianas (de las pequeñas cosas de la vida, que revelan nuestro verdadero compromiso con la justicia), y nos contentamos solamente con enarbolar la bandera de la condena al orden social.

Lo humano. Para el que se abre a lo trascendente, transformar la sociedad equivale necesariamente a transformarse a sí mismo y hacerlo conlleva también la obligación de preguntarse acerca de la validez de aquellas formas de comportamiento derivadas de las relaciones colectivas y del ordenamiento legal. Ciertamente, acercarse a Dios nos empuja a una búsqueda de lo verdaderamente humano, sea a nivel personal o social.

Pero estamos demasiado habituados a evadir la autocrítica, que siempre resulta peligrosa. Preferimos la dulce paz de la mediocridad de unos criterios funcionales a nuestros deseos. Por eso, la gran tentación religiosa de hoy en día es dejar de entender a Dios como una persona. Es mejor que Dios sea energía cósmica o armonía, o el emblema de la revolución social, o el garante del bienestar burgués. Que Dios tenga algo que decirnos a nosotros y a nuestra sociedad es siempre una incitación subversiva, que nos invita a ver la existencia como una continua búsqueda de la sinceridad para con nosotros mismos y los demás. Sin embargo, como sabemos, la mentira resulta muchas veces algo más atractivo, sobre todo si nos esconde de la voz de nuestra propia conciencia. Con todo, el Dios que liberó a los esclavos de Egipto y que pendió de una cruz por su amor incondicional, siempre será portador de una memoria peligrosa y transformadora de la persona humana.

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