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Ojo Crítico Rodolfo Cerdas Luego de la marcha anti TLC, es obvio que el país está dividido. El último fallo de la Sala IV lo confirma porque, si fue unánime al rechazar la más burda reforma al artículo 41 del Reglamento, la división de 4 a 3 en otros aspectos esenciales, hace eco a la fragilidad que, con pinzas, sostiene la precipitada tramitación. Lo peor, ahora, sería autoengañarse, empequeñeciendo la división, subestimando el precio de una victoria y obviando la necesidad de manejar, con sabiduría e inteligencia, una escisión profunda que puede marcar, negativamente y por muchos años, la vida nacional. Hay que reconocer, como lo han hecho varios observadores independientes, que la oposición al TLC no se debe subestimar. Sería erróneo, simplista y peligroso menospreciar –como con soberbia y autismo ya lo han hecho varios políticos– su profundidad y extensión. Claro que hay que tomar decisiones y que deben prevalecer los mecanismos del sistema democrático. Pero el problema es más complejo: ante una división de tal calibre, es inútil el simplismo de una actitud formalista, o la soberbia de un “pa’ eso tenemos la mayoría de 38 votos”. No más sea porque nunca, en nuestra historia política, la calidad del régimen político ha sido más endeble y cuestionada; y nunca, desde hace muchas décadas, ha habido signos tan evidentes de tal división sociopolítica del país, en la profundidad y extensión actuales, con varias Costa Ricas que coexisten, se ignoran y se distancian, como señaló la Iglesia Católica. La verdadera demanda al Gobierno no es, como cree el Presidente, tomar decisiones. Estas las toma cualquiera. En Nicaragua, en los años veinte, hubo un presidente que vendía al país encogiéndose de hombros y diciendo: “Yo ¿qué pierdo?”. La demanda verdadera que se le presenta es entender que el TLC trasciende la Asamblea, pues los partidos, en su desmedrada situación actual, no son los únicos actores representativos que participan en la toma de decisiones; que la crisis de la representación política no es solo el misnúculo l,12% con que él ganó, sino la proliferación de actores legítimos que están insatisfechos con los partidos, el orden social y el sistema político. Por eso no caben aquí la arrogancia y la soberbia ya mostradas por algunos jefes de fracción y el ministro de la Presidencia. Hay que crear válvulas de escape para disminuir la presión, asumir las demandas extraparlamentarias y abrir perspectivas y salidas a los distintos grupos sociales, con imaginación y habilidad políticas. En otras palabras, todo lo que, por desdicha, está mostrando no tener el equipo tecnocrático y profesional que nos gobierna.
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