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EDITORIAL

El sí del solidarismo

El solidarismo costarricense muestras logros sociales y económicos ejemplares en el mundo
Por unos 25 años, el solidarismo ha dado paz social y desarrollo humano a la zona atlántica


Nuestro país, como informamos el lunes pasado, cosechó en el 2006 un promedio de 2.524 cajas de banano por hectárea al año. De este modo, retuvo el primer lugar mundial en productividad, una de las ventajas comparativas claves del país en este campo. Costa Rica supera las 1.724 cajas de banano producidas por Colombia y las 1.400 cajas de Ecuador. Esta posición de vanguardia se ha logrado, de acuerdo con los empresarios y los técnicos, por el clima y la calidad de los suelos, y, sobre todo, por la tecnología empleada.

Los factores de investigación, innovación, escolarización y capacitación de técnicos y trabajadores han sido preponderantes. El sector agrícola en general debe inspirarse en estos ejemplos para competir con éxito. Este conjunto de ingredientes personales, físicos y tecnológicos han hecho que el valor de las exportaciones haya pasado de $473 millones en el 2005 a $603 millones en el 2006 (un aumento del 27%). Estos logros se alcanzaron en 42.000 hectáreas, el 56% en fincas independientes y el 46% en fincas de firmas transnacionales. Esta descripción sería, sin embargo, insuficiente e injusta si se deja de lado, como parece desprenderse de las declaraciones de ejecutivos de la Corporación Bananera Nacional (Corbana), el papel decisivo y específico de la filosofía y la práctica del solidarismo.

En cuanto al solidarismo, se debe distinguir entre su extensión, arraigo y progreso en todo el país, tanto en el sector público como en el privado, y la labor singular desplegada en la zona atlántica, particularmente en las fincas bananeras, tanto en el ámbito de los trabajadores y sus familias, como en el de las comunidades. Si el solidarismo constituye en sí un aporte único en el mundo, su especificidad en la zona atlántica le confiere un sello particular por dos razones eminentes: la paz social mantenida por más de 20 años, inspirada en la doctrina social de la Iglesia, gracias al empeño y organización de la Escuela Social Juan XXIII, y los logros extraordinarios alcanzados en el orden educativo, económico y social. Sin esta plataforma de humanismo laboral (moral, educativa y legal), que acoge a 33.000 trabajadores, en 134 fincas, y sin su cristalización en obras concretas, en el campo económico y social, la tecnología no habría podido alcanzar estos hitos mundiales. La agitación y la lucha de clases son el abono maléfico del desarrollo social y económico.

A lo dicho debe agregarse un aspecto particular. El solidarismo, nacido hace unos 50 años, al calor del Plan Martén, ha tenido que enfrentar férreos enemigos, dentro y fuera del país, por sus principios, por sus valores democráticos, por sus logros y por ser la organización social más fuerte del país. Sus adversarios han sido los sindicatos imbuidos en la lucha de clases y algunos dirigentes religiosos y políticos. Su animadversión ha llegado a tal punto que algunos dirigentes sindicales han viajado a Europa a desacreditar la calidad de la producción nacional. Tampoco la OIT, pese a ser el solidarismo una vivencia laboral y la organización social más grande del país, ha aquilatado su trascendencia. Pese a ello, el solidarismo ha rebasado el sector privado y ha comenzado a expandirse en las instituciones públicas.

Algunos datos de tipo financiero verifican su aceptación y eficacia. Tal como informamos en noviembre pasado, las asociaciones solidaristas entregaron a los trabajadores más de ¢120.000 millones en dividendos a fin de año. Cada trabajador recibió ¢360.000. (Tangencialmente, cabe preguntarse cómo han sido empleados por los dirigentes sindicales los recursos provenientes de las cuotas de los trabajadores. Actualmente aparecen inscritas unas 1.600 asociaciones que agrupan a 342.000 trabajadores, el 18% de la fuerza de trabajo del país. El patrimonio acumulado asciende a ¢800.000 millones. Frente al imperativo del cambio, de la apertura, la innovación, las inversiones y la creación de empleos, el solidarismo, expresión de las mejores tradiciones sociales de Costa Rica, señala el rumbo correcto. Cuando algunos dirigentes sindicales y políticos, sumergidos en la ideología de la lucha de clases y opuestos al cambio, dicen representar a “todos” los costarricenses y, en particular, a los trabajadores, los datos expuestos deben inducirlos a modificar su discurso y su actitud engañosos.

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