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ENFOQUE Jorge Vargas Cullell jovargas@nacion.com Verano caliente en Costa Rica. A juzgar por la retórica que nos acogota, la lucha por el TLC es, usted escoja, la subversión comunista-leninista financiada por Hugo Chávez o la batalla final contra el capitalismo neoliberal. Dicen que se libra la batalla decisiva, que el futuro es ahora, y la causa superior debe triunfar. La duda es para los vergonzantes y timoratos: “¿No ve que está clara la conjura de los otros?”. Supongo que los ganadores echarán a los otros del país. Afloran expertos, encuestas y nos inundan las declaraciones y los emails. Como todos hablan en nombre del pueblo de Costa Rica pareciera que el pueblo está esquizoide pues al mismo tiempo quiere el TLC y no lo quiere. Entre tanta invocación a resistencias numantinas, destinos de la patria y trabajo para los ticos, el tiempo pasa y nuestro panorama político sigue igual de enredado. En el TLC, por ahora nadie tiene la fuerza para lograr una victoria absoluta y envarillarle todos sus objetivos al otro. Nada de esto cambió con la marcha de lunes. La mayoría parlamentaria gubernamental no está escrita en piedra, y el trámite legislativo simultáneo del tratado y su agenda de implementación es vulnerable. En algún momento, el Gobierno tendrá que transar algo con la oposición, que tiene sobrados recursos para entrabar la cosa. La fuerza de los opositores al TLC, con todo y PAC, es relativa. Por el momento alcanza para manifestaciones y bloquear, no para más. La marcha fue una convergencia de todos los sectores, grande pero previsible, y su potencia no alcanzó para arrebatar la iniciativa política. Sin embargo, en una situación tan fluida, esto podría cambiar. Posmarcha, todos dicen querer diálogo y afirman que no lo hay por culpa de los de la acera de enfrente. “Nosotros somos puras buenas intenciones; los otros son moralmente cuestionables y juegan sucio; nosotros no, jamás. ¿No oye el himno nacional en mi voz?”. Todos dicen querer diálogo, repito, a condición de que los otros se bajen los calzoncillos: “Retire el TLC y hablamos”; o “Déjeme aprobar el TLC y hablamos”. O sea, pierda primero y luego converso con usted. Si esa condición no se acepta, digo que no quieren negociar. En suma, un razonamiento redondito como bola de billar. ¿Seguiremos exigiendo que los otros se bajen los calzoncillos como condición al diálogo? La retórica es parte natural de la política, pero la política es mucho más. Hace un año debimos haber creado las bases de un acuerdo razonable; ahora tenemos que lograrlo en condiciones más difíciles debido al tiempo perdido. Siempre hay maneras para dialogar sin condiciones: es cuestión de explorar.
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