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EDITORIAL

Contra las mafias

Diversas mafias han actuado en las instituciones y hasta en la educación nacional
Se impone una labor de investigación y de limpieza en todos los frentes


Las denuncias sobre el clientelismo político en el Ministerio de Educación Pública (MEP) o, mejor, desde este ministerio y de sus ramificaciones hasta las aulas de primaria y secundaria, han llegado a un nivel que difícilmente podrá sobrepasarse. Cuando se dice que diversas mafias han actuado a sus anchas en el MEP y en los partidos políticos dedicados a este viejo oficio delictivo, por muchos años, en cuanto a los nombramientos del personal educativo, es señal de que la corrupción se ha enseñoreado del Estado y de la política con más fuerza de lo que cabía imaginar.

La exposición del ministro de Educación, Leonardo Garnier, en la Asamblea Legislativa, el martes pasado, mostró la llaga purulenta en toda su amplitud y, a la vez, abrió puertas y ventanas a la esperanza. Por primera vez, se toma el cuerno por las astas y se nos comunica que este tumor se arrancará de cuajo sin reparar en conexiones políticas, cacicazgos o amenazas.

No se podrá cuantificar la inmensidad del daño infligido a los estudiantes y educadores por varias décadas, así como a la sociedad costarricense. Tampoco será posible valorar el monto de la hipoteca moral, intelectual y económica sobre el futuro de nuestro país. Es fácil, con todo, imaginar el daño causado. Basta tener conciencia del papel preponderante de la educación en los niños y en los adolescentes.

Extraemos algunos datos de la presentación del titular del MEP en la Asamblea Legislativa. Unos 250 educadores fantasmas figuran en la planilla del MEP, lo cual era previsible; esto, a su vez, se combina con el clientelismo de los nombramientos para mantener dos caballos de Troya en el corazón de la educación nacional. Existe un mercado de nombramientos de educadores. Estos y otros filones de corrupción llevan a la conclusión de que hay “mafias enquistadas” en el MEP, las cuales “coexisten, se retroalimentan y se sustituyen”. Este lenguaje parece conocido, lamentablemente, en otras actividades particulares o en algunas instituciones en el caso de contrataciones públicas. En el campo de la educación, es lenguaje nuevo que, por la especial naturaleza de aquella, verifica la hondura de la corrupción.

En efecto, no estamos ya ante delincuentes comunes o individuos corruptos que se apropian de bienes públicos o reciben comisiones o sobornos, sino ante verdaderas mafias, como lo revelan las denuncias publicadas en los últimos años, en relación con contrataciones públicas, el negocio gigantesco de las visas, los bonos de vivienda, las propiedades del IDA u otras propiedades del Estado. La lista puede continuarse.

En todos casos, esas mafias, entronizadas en el Estado y fuera de este, con vínculos internacionales, han actuado mancomunadamente, en forma profesional, con singular eficiencia y, a veces, desde la cima del poder político. Los funcionarios y los órganos de prensa que actuaron en cumplimiento de su deber han sido, a su vez, víctimas de estos grupos, lo cual demuestra su poder y arraigo en el país.

La investigación y el desmantelamiento de estas mafias constituyen una tarea perentoria del Gobierno de la República en todos los frentes. Venturosamente, se ha puesto manos a la obra y se está trabajando con responsabilidad en este combate moral y legal. Esta tarea estimula. En cuanto a la educación, punto de partida de este comentario, el MEP ha comenzado ya una labor responsable de limpieza y adoptará reformas que contengan el poder de los grupos mafiosos. Esta actitud refuerza la autoridad y alienta a quienes están dispuestos (y obligados) a denunciar.

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