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Semestre con buena nota Eduardo Ulibarri Felipe Calderón pasó con buena nota el primer semestre en la Presidencia de México, aunque aún no ha despejado interrogantes fundamentales para el futuro. Hacerlo tomará más tiempo; también, esfuerzo. Pero las oportunidades han mejorado. El contraste con su antecesor y correligionario del centroderechista Partido Acción Nacional (PAN) es evidente. Vicente Fox llegó al poder el 1º de diciembre del 2000, sobre una ola de entusiasmo, esperanzas, legitimidad suprema y expectativas múltiples. Seis meses después, aún navegaba sobre un inédito apoyo ciudadano y mantenía sus amplias promesas de cambio. Al final, sus logros se quedaron cortos. Produjo algo esencial: consolidar la democracia, estabilizar la economía y bajar la pobreza; pero no pudo avanzar en reformas estructurales.
De menos a más. Con Calderón sucede casi lo contrario. Su elección y arranque estuvieron marcados por un pobre mandato, y por una virtual guerra de Andrés Manuel López Obrador, candidato del Partido Revolucionario Democrático (PRD). Alrededor de Calderón no había“magia” ; entre los ciudadanos cundía la ansiedad; entre varios opositores, el odio. Es decir, nada del llamado glorioso al que había respondido Fox. Por esto, su primer desafío fue tan elemental como difícil: asentarse en la Presidencia. Lo logró con mayor rapidez y solidez de lo que se pensaba, y en paz. Desde entonces, su avance ha sido un proceso ascendente, mediante una suma de poderosos gestos y sólidos logros que, a pesar del corto tiempo transcurrido desde diciembre, revelan eficacia y capacidad para generar decisiones allí donde Fox obtuvo frustración. Su primer acto simbólico fue abordar frontalmente la violencia del narcotráfico. Para golpear un sistema policial secuestrado por la corrupción, puso al ejército en las calles de los estados más afectados. Fue un símbolo de firmeza ante un problema crónico y creciente, que produjo inmediato respaldo. Pero, a la vez, le entró al fondo del tema, con un proceso de depuración de los cuerpos de seguridad y la Fiscalía. Al comienzo, como reacción, la violencia creció, pero ya comienzan a verse frutos positivos. Calderón también ha desplegado una exitosa coreografía allí donde todos reconocen su mayor agilidad: la negociación política. Aunque el PAN tiene los mayores bloques en el Senado y la Cámara de Representantes, está lejos de la mayoría. Con el PRD en actitud de choque, la opción más lógica fue buscar el apoyo del curtido y humillado, pero aún fuerte, Partido Revolucionario Institucional (PRI), ahora bajo el liderazgo de la renovadora y pragmática Beatriz Paredes. Ruta pragmática. El primer gran logro de esta estrategia fue la aprobación legislativa de la reforma al sistema federal de pensiones, que iba rumbo a la bancarrota. Siguen en lista otras transformaciones esenciales para el país: la fiscal, para que el Estado recaude más y mejor, la laboral, dar flexibilidad el mercado de trabajo y generar empleos más productivos, y la de energía, para permitir la inversión privada en el sector. Esos tres objetivos desgastaron el gobierno de Fox, que buscó el máximo y no obtuvo nada. Calderón, en cambio, ha optado por una ruta más pragmática. Por esto acaba de presentar una reforma fiscal “técnicamente sólida y políticamente posible”, que se queda corta en relación con lo que quería su predecesor, pero constituye un gran avance y casi seguro obtendrá apoyo legislativo. De la mano de estas acciones, el Presidente ya tiene la fama de obtener resultados y está mejorando la gobernabilidad de México, algo que parecía imposible cuando, el mismo día de su ascenso al poder, la plaza del Zócalo hervía con las legiones del PRD que lo desconocían como presidente. Pero incluso en esa cerrada oposición están ocurriendo cambios. López Obrador ha perdido liderazgo; varios de sus legisladores y gobernadores están actuando constructivamente en sus relaciones con el Gobierno, y su corriente más abierta, llamada Nueva Izquierda, pareciera encaminada a lograr el control de las estructuras. En el PRI, Beatriz Paredes aún tiene mucho que hacer para purificar y modernizar sus anquilosadas estructuras y dirigentes. Pero ha avanzado. Y entre sus 18 gobernadores (frente a ocho del PAN y seis del PRD, incluyendo el Distrito Federal), hay varias estrellas atractivas y ascendentes. Con un presidente eficaz consolidado en el poder y con dos partidos opositores que, al menos, flirtean con cambios positivos, ¿quiere decir que ya México está listo para el avance ininterrumpido hacia el progreso? La respuesta es negativa. Aún los obstáculos son muchos; las cargas del pasado mantienen gran pesadez; los rezagos en infraestructura, educación, equidad y salud tardarán en superarse, y los intereses creados (entre empresarios, sindicalistas, burócratas y políticos) aún tienen gran capacidad de bloqueo. Pero las posibilidades de cambio y avance han mejorado objetivamente. Y, junto a ellas, las de acción del Presidente. El semestre ha sido auspicioso.
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