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El TLC y don Ricardo Jiménez Enrique Tovar Hace 70 años, Costa Rica vivía un intenso debate en torno a la firma de un tratado de libre comercio (TLC) con Estados Unidos. Entonces, como ahora, se levantaban las voces agoreras y apocalípticas de siempre para rechazarlo de plano. Se decía, por parte de los opositores de todos los siglos, que la industria local sería engullida por la foránea y que se afectaría nuestra tradición cultural, así como la idiosincrasia que había hecho grande y único a nuestro país. Se repetía, una y otra vez hasta el cansancio, que Costa Rica lo daba todo y que el único beneficiado sería Estados Unidos. (La cantinela de los radicales del eterno ¡no! parece que nunca cambiará). Hoy como ayer. La Asamblea Legislativa (Congreso, en ese entonces) vivía una diaria ebullición en torno a ese posible acuerdo entre la nación poderosa del norte y el pequeño país situado en la cintura de América. En la prensa, ríos de tinta corrían –al igual que hoy– exponiendo la diversidad de posiciones de tirios y troyanos. El tratado, finalmente, fue ratificado por el gobierno del Lic. León Cortés Castro el 2 de julio de 1937. La guerra europea, que estalló el 1.º de septiembre de 1939, y otras circunstancias dieron al traste con ese convenio, porque el mundo vivió, aparte del conflicto bélico, una imprevista distorsión económica durante seis años. Lo interesante por resaltar, en medio del torbellino que se produjo hace siete décadas con la negociación de ese TLC, fue la actitud de uno de los hombres más ilustres en toda la historia de Costa Rica. ¿Cuál fue el pensamiento, la postura y la recomendación de un patricio al que se debería tener más presente en nuestro tiempo, a fin de sustentar en todo lo posible el sistema republicano, y de revitalizar en todos sus alcances la libertad y la democracia que han de prevalecer en nuestra nación? Frase contundente. En medio de aquella discrepancia, cuando se propalaban dudas y se sembraban todo tipo de temores (los metemiedo y falaces se dan en todas las épocas), se decidió escuchar el consejo del sabio don Ricardo Jiménez Oreamuno (así, con el don por delante, porque es parte de su emblemática figura y parte de su glorioso nombre). Y aquel hombre, a quien tanto Costa Rica debe –en cuanto a paz, civilismo y democracia se refiere–, expresó una frase sencilla, lógica, contundente, ¡impostergable!, que influyó poderosamente en la balanza de las consideraciones y razonamientos para que ese tratado fuera aprobado. Dijo simplemente quien fue tres veces presidente de la República: “En los tratados comerciales es necesario dar para recibir”.
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