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En Vela Julio Rodríguez envela@nacion.com El comunismo fue, por casi 100 años, un agente de inhumanidad y destrucción. Hoy lo es de diversión, así como expresión de viejera intelectual en ciertos sectores. También en Costa Rica. El País publicó, el 11 de junio pasado, un artículo de Octavi Marti sobre la venta del patrimonio del Partido Comunista Francés (PCF). Vale la pena divertirse. Según el autor, el 26% de los franceses votaba por el PCF y por esta senda de relativa fortaleza llegaron a 1978. En 1965, este porcentaje descendió al 22,5% del electorado y en 1978 conquistaron el 20,55%, mas el partido socialista los superó. En 1986, se sumergieron en menos del 10%, próximos a la guillotina, y, conforme la URSS se desplomaba, el PCF entró en agonía. En las elecciones pasadas en Francia, con el 1,93% de los electores, quedó enterrado bajo el peso de la derecha y los asperges del desprecio del pueblo. Y, tras el entierro, sin seguidores, sin dinero y sin futuro, ha comenzado la subasta. Primeramente, hace unos años, vendieron el llamado espacio Marx y cedieron en depósito una obra de Duchamp –la Gioconda con bigote– al Centro Pompidou. Dentro de poco, se desprenderán de un tapiz de Ferdinand Léger y de un vitral suyo y de su esposa. En cuanto a las obras de Picasso, las buenas –dice el autor citado– ya habían desaparecido (un piadoso eufemismo). Mantienen una serie de cartas de este grandioso pintor, pero su precio no les servirá para aplacar el hambre ni las deudas. Le queda al PCF el edificio del arquitecto brasileño Óscar Niemeyer, una obra de arte, sede del partido, mas el alquiler, intentado en varias ocasiones, no ha sido rentable, ni siquiera para desfiles de moda. La crisis ha llegado a tal punto que la dirección del PCF informó: “El local no está en venta, entre otras cosas porque no tenemos otra cosa que ofrecer a los bancos cuando pedimos un préstamo”. El colmo. Ya pasaron los tiempos en que la URSS le giraba al partido más de $2.000.000, que la caída del muro de Berlín se llevó consigo. Están también unos apartamentos en el centro de París. En uno de ellos pernoctó Lenín, pero ni así. Nadie quiere pasar ahora una noche con su recuerdo. Es más divertido ver su momia en la Plaza Roja. El autor termina con una conclusión macabra. Según los marxistas, la burguesía terminaría en “el basurero de la historia”, por marchar “contra el sentido de la historia”, que en América Latina repiten Castro y Chávez, a quienes les hacen coro algunos compatriotas, aquí, escasos comunistas redivivos, inolvidables piezas de museo, y otros que aún no se han dado cuenta, adormilados en el andén y temerosos del futuro, de que el tren de la historia está pasando.
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