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El regreso de Dios

Así está la política internacional: quieren jugar a ser Dios, dejando sin empleo al Pisuicas

Antonio Barrios Oviedo


En una portada de 1966, la revista Time preguntaba: ¿Dios ha muerto? La pregunta era válida porque el secularismo prevalecía sobre cualquier ímpetu religioso. Es más: era política de Estados. Algunas décadas después, Timothy Samuel y Mónica Duffy, en el análisis “¿Por qué Dios está ganando?” ( Foreign Policy , abril-mayo 2007), arguyen cómo el creciente “profetismo religioso” ha traído a Dios de regreso en la política internacional.

El mundo, hasta el 11 de setiembre del 2001, parecía encaminarse hacia el laicismo generalizado. Lo divino, aparentemente olvidado, renace de sus cenizas para remover conciencias. A la vez, los líderes de movimientos religiosos destinan millones de dólares para captar adeptos y votantes para sus organizaciones políticas religiosas.

Captación de conciencias. Al parecer, alabar y legislar es la nueva alianza. Y, con la modernización, una nueva generación de movimientos religiosos inteligentes hace uso de la tecnología y la política para dominar de manera efectiva instituciones transnacionales especializadas, apelando a que gobiernos extranjeros y organismos internacionales simpaticen con su causa.

En esta captación de conciencias están el protestantismo evangélico en Estados Unidos, el hinduismo en India, el islamismo wahabí en Medio Oriente, el pentecostalismo en África y Latinoamérica, y el Opus Dei y el movimiento carismático en la Iglesia católica, amalgamándose la alabanza con la política. Hoy es común ver cómo el líder político “invita” a su líder religioso en los discursos electorales.

Foto Flotante: 1642601
/LA NACIÓN

Pero ¿qué sucedió en 1967? En la batalla por las conciencias, emergió el debate entre lo secular y lo sagrado cuando el líder secular del nacionalismo árabe, Gamal Abdel Nasser, derrotado en la Guerra de los Seis Días, adoptó una postura más religiosa, invocando el Islam como su nueva forma de lucha. El fundamentalista evangélico estadounidense Jerry Falwell adquirió poder condenando la teología de la liberación y, paralelamente, el papa Juan Pablo II se paseaba por los bazares del mundo argumentando que Dios debía volver a los países comunistas. Así, el movimiento Solidaridad en Polonia blandía rosarios y los insurgentes muyahidines en Afganistán santificaron en Alá su lucha contra la ocupación soviética.

Más recientemente, el triunfo de Hamás en Palestina y las arengas religiosas del presidente iraní Mahmud Ahmadinejad han encontrado eco en millones de musulmanes. Así, las arengas políticas de Bush también se refieren a una lucha del “bien” contra el “mal”.

En la década de 1980, Reagan denominaba a la Unión Soviética “el imperio del mal”. El Ayatolá Jomeini se refería a Occidente como el “Gran Satán”. La lucha contra el apartheid en Sudáfrica fue obra del líder cristiano Desmond Tutu. En 1998, los nacionalistas hindúes, en India, eligieron un gobierno religioso que hiciera pruebas nucleares. Un año después, el general pakistaní Pervez Musharraf derrocó al gobierno secular de Nawaz Sharif. Los evangélicos de EE. UU., hoy fortalecidos con el gobierno de Bush, se oponen a la libertad religiosa, al aborto, a la creación de células madre y a los matrimonios entre homosexuales, considerados como arbitrariedades contra Dios. Y Chávez protestó por un fuerte olor a azufre en Naciones Unidas. Así está la actual política internacional en la tierra, entre quienes ahora quieren jugar a ser Dios dejando sin empleo al Pisuicas.

Maquiavelismo religioso. Entre la gran gama de religiones están las neoortodoxias, que pueden emplear de forma efectiva las herramientas del mundo moderno. Pero ¿hasta qué punto son compatibles estos grupos con la democracia y la libertad que gozan? Los radicales religiosos pueden causar un cortocircuito en el sistema político, excluir a quienes no crean en sus postulados mesiánicos y embarcar a un país en una guerra.

Desde el 2000, el 43% de las guerras civiles han sido religiosas, siendo la ideología religiosa extremista un supuesto motivador de primer orden en la mayoría de los ataques terroristas transnacionales. Pese a que la religión movilizó millones de personas para que se opusieran a regímenes autoritarios e inauguraran transiciones democráticas, los movimientos religiosos de hoy podrían no tener tanto éxito en la promoción de la libertad sostenible, dado su apoyo abierto o encubierto en muchas guerras en el orbe.

La creencia de que los brotes de religión politizada solo ocurren en determinados momentos de la historia, cuando sus intereses se ven afectados, es un argumento insostenible. Dado que el secularismo es cada vez menos sólido, Dios está ganando la batalla en la política internacional, donde la modernización y la globalización solo lo han hecho más fuerte.

Es más, hoy son pocas las campañas contra Dios y el uso maquiavélico de la religión como instrumento de política coloca a Dios encabezando a los centuriones de la guerra. De aquí que hoy no se enseñe una lealtad monoteísta mundial, sino una lealtad y adoración para con los movimientos religiosos y políticos locales: la nación, el partido, el gobierno y el líder convertido en “Dios”.

Ya que Dios ha regresado a la política internacional, al menos preguntémosle primero si Él desea estar en todo este mundo en caos.

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