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EDITORIAL

Modesto avance en Europa

La reciente cumbre de Bruselas no fue un gran éxito, pero permitió avanzar
Sus acuerdos permitirán que la UE tenga algo muy parecido a una Constitución


Fue como una intensa película de suspenso, en la cual, sin embargo, el desenlace que estaba en juego era muy diferente al de una simple trama ficticia. Porque lo que se jugaba en la reciente y conflictiva “cumbre” de los 27 jefes de Estado y Gobierno de la Unión Europea (UE), celebrada en Bruselas, eran las características y el ritmo futuro de su evolución como unidad política, económica y social. Finalmente, el resultado, aunque con incógnitas aún abiertas, fue el mejor que se podía esperar. Tras 36 horas consecutivas de maratónicas sesiones negociadoras, en la madrugada del sábado 23 se alcanzó un razonable arreglo para sustituir la malograda Constitución europea con un Tratado que preserva su contenido esencial, elimina elementos simbólicos muy discutidos y hace concesiones de diferente índole a los países más inflexibles: Polonia, sobre todo, pero también Gran Bretaña y Holanda.

El proyecto de Constitución fue catastróficamente derrotado por los franceses y holandeses en sendos referendos celebrados hace dos años. Su pretensión era sustituir todos los tratados base de la UE. El acuerdo de Bruselas implica algo diferente: el nuevo Tratado solo enmienda los de Roma y Maastricht, con lo cual la mayoría de los países podrán ratificarlo en sus parlamentos. Así se evita el riesgo de más referendos, aunque es un hecho que Irlanda acudirá a este procedimiento y, probablemente, también Dinamarca y Holanda.

La reducción en las pretensiones simbólicas del Tratado-Constitución se reflejó también en la decisión de prescindir en su texto de referencias a una bandera, un himno y un lema comunes, aunque se mantendrán en los hechos. Se eliminó la frase según la cual “la moneda de la Unión es el euro” (aunque lo sea), y lo que en el texto original era un ministro de Relaciones Exteriores, con fuertes potestades, pasó a llamarse un alto comisionado, aunque sin perder ninguna de las atribuciones que le daba la Constitución. También se mantuvo la provisión de eliminar la presidencia rotativa del Consejo de Europa, que cada semestre pasaba de manos entre presidentes o primeros ministros, según orden alfabético por países, para crear, en su lugar, una Presidencia a tiempo completo, con dos años y medio de duración, algo que dará más fuerza al cargo y ejecutividad al Consejo. La Comisión Europea, órgano ejecutivo, se reducirá en tamaño, aumentarán los poderes del Parlamento Europeo y habrá menos posibilidades de veto por países individuales.

El cambio más sustancial, en relación con el proyecto original, es que el nuevo sistema para la toma de decisiones, que requiere una mayoría conjunta del 55% de los Estados y el 65% de la población, no entrará en vigencia en el 2009, como estaba planeado en la Constitución, sino en el 2014. Más aún, existirá una “transición” adicional de tres años, según la cual los países podrían optar por que las votaciones se hagan según las viejas normas. Esta fue la principal concesión a los polacos y es también el principal problema que se mantiene.

Los británicos lograron, principalmente, mantener su sistema legal al margen de la nueva “Carta” de derechos civiles y sociales, y fue acogida la exigencia holandesa para un protocolo sobre servicios públicos, que enfatiza el “gran margen de maniobra” de las autoridades nacionales, regionales y locales.

El resultado de Bruselas no implica el término del proceso negociador. Los lineamientos dados allí deberán convertirse ahora en un texto con todas las precisiones del caso, que deberá ser adoptado en una próxima conferencia intergubernamental, ya bajo la presidencia de Portugal, que sucede a Alemania. Si a esto se suman las correcciones o “parches” necesarios para obtener consenso y que el Tratado se alejará enormemente de la mayor “simpleza” que, supuestamente, tendría, lo que se obtuvo fue un triunfo relativamente modesto, que no necesariamente constituirá un factor de entusiasmo para los ciudadanos de Europa. Pero, con todas sus imperfecciones, fue un avance indudable; más importante aún, conjuró un fracaso, que habría sido catastrófico. Por esto, la vía para el avance sigue abierta, y la Unión Europea ha logrado dar otro importante paso en su maduración.

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