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/ LA NACIÓN

El lenguaje ausente

Se requiere un gran trabajo de traducción del cristianismo al lenguaje de hoy...

Fernando Araya
consulfe@hotmail.com


Cuando en 1993 Joseph Ratzinger afirmó que el cristianismo requiere “…un gran trabajo de traducción… al lenguaje de hoy, al pensamiento de hoy…”, un salto al presente ( Conversación con Peter Seewald ), no tenía en mente que 14 años después, siendo papa, tal desafío constituiría el problema principal del cristianismo. Este asunto, que bien puede enunciarse como la ausencia de un lenguaje pertinente a la condición contemporánea, se ha reflejado en varios hechos, uno de los cuales se encuentra en un pequeño y aislado fragmento del discurso que Benedicto XVI pronunció en la sesión inaugural de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

I. RAÍCES. El papa reiteró en su intervención la necesidad de cultivar y desarrollar la propia singularidad histórico/cultural, como condición para sobrevivir en un mundo globalizado, requisito básico de un diálogo efectivo entre las culturas y las civilizaciones. Cualquiera sea la civilización considerada –China, Japonesa, Hindú, Islámica, Ortodoxa, Occidental, Latinoamericana, Africana– resulta fundamental potenciar lo que posee de peculiar y distintivo, no para aislarse, sino para interactuar con las otras en un proceso compartido de universalización. Por lo anterior, renunciar a las propias raíces históricas, tendencia muy activa, piensa el Papa, en Europa, evidencia una crisis de identidad que amenaza con hacer desaparecer a la civilización que se avergüence de sí misma. Una inclinación de este tipo, razona Benedicto XVI, se halla presente en América Latina, como lo prueba, por ejemplo, el intento de “…volver a dar vida a las religiones precolombinas…”, oponiéndolas a la cosmovisión cristiana y renunciando a la síntesis cultural operada a través del proceso de descubrimiento, conquista y colonización, en cuyo marco confluyeron tradiciones indígenas, europeas y afrocaribeñas.

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II. EL EQUÍVOCO. Hasta aquí la tesis del Papa es pertinente, meritoria, esencial; sin embargo, la situación se complica cuando Benedicto XVI afirma que el “…anuncio de Jesús y de su Evangelio no supuso, en ningún momento, una alienación de las culturas precolombinas, ni fue una imposición de una cultura extraña…”.

Esta frase fue interpretada como un intento de desconocer y ocultar el componente violento de la conquista y el uso de la religión como instrumento para alcanzar objetivos políticos, económicos y militares. No es plausible pensar que disimular esos hechos fuese la intención de Benedicto XVI; de hecho sus declaraciones posteriores, dadas en Roma, intentan corregir el enunciado y neutralizar sus efectos negativos; sin embargo, al no contextualizar el aserto en el marco del discurso, se generaron confusiones y reservas que fueron utilizadas, para otros propósitos, por movimientos despóticos comunes en algunos países de América Latina.

III. LA CRUZ Y LA ESPADA. ¿No hubiese sido mejor recordar a los religiosos, obispos y misioneros que lucharon por los derechos humanos de los indígenas y contra los abusos de los conquistadores? ¿No era más conveniente, realista y acertado sostener “…la interdependencia que hubo entre la cruz y la espada en la fase de la primera penetración misionera…” y hacer notorio que la “…excesiva cercanía o confusión entre las esfeas laica y religiosa propias de aquella época…”, no implicó “…identificación o sometimiento…?” (Homilía de Juan Pablo II, Estadio Olímpico de Santo Domingo, 12 de octubre de 1984).

En un proceso de síntesis cultural sus componentes no intervienen en condiciones iguales ni son equivalentes las oportunidades de expresar aquello que los distingue, todo lo cual puede conducir, en determinados momentos, a grados diversos de imposición. Aceptar esto no significa precisamente desconocer el aporte decisivo del cristianismo en la conformación de la identidad histórica latinoamericana, ni avalar el simplismo de propiciar un regreso a las creencias precolombinas.

La “…cruz y la espada… ” se mostraron “…interdependientes… ”. Luces y sombras, encuentros y desencuentros, abrazos y guerras, amores y odios, acompañaron los primeros pasos del cristianismo en estas tierras y fue al interior de la experiencia cristiana que se gestó el debate teológico/jurídico que condujo a la creación del derecho internacional de gentes y cuestionó, muy seriamente, la legitimidad de la violencia en perjuicio de los pueblos indígenas. ¿Por qué, entonces, no mencionar todo esto? ¿Qué sentido tiene introducir una frase que en sí misma es confusa, poco efectiva en términos comunicativos y cuya eventual ausencia no quita ni agrega nada al contenido principal del discurso?

IV. INSUFICIENCIA COMUNICATIVA. En el fondo lo que existe es el predominio de lenguajes por completo ineficaces en las condiciones contemporáneas. De lo anterior derivo dos consecuencias: primera, conviene replantear los lenguajes utilizados para transmitir determinados mensajes, de modo que las palabras sean más integrales, sinteticen diversas realidades y se perciban de manera positiva al interior de las sensibilidades cotidianas; y, segunda, es necesario elevar los niveles de transparencia, coherencia y unidad de vida al interior del cristianismo, lo cual, de seguro, se traduciría en mayor interacción y cercanía con la gente. En 1993 Ratzinger constató el problema comunicativo del cristianismo, Juan Pablo II también lo hizo y sostuvo, coincidiendo con Ratzinger, que buena parte de la responsabilidad por el ascenso de la incredulidad y la desconfianza respeto al cristianismo pertenece a los propios cristianos, “…no podemos menos de preguntarnos –dijo– cuáles son nuestras responsabilidades…” (Homilía en la Jornada del Perdón, 12/03/00). Hay un lenguaje ausente, un lenguaje que falta; construirlo, descubrirlo, no como operación mercadológica, sino basándolo en mayores niveles de coherencia entre lo que se predica y lo que se hace, constituye el reto cardinal del cristianismo.

V. OTROS TEMAS. Benedicto XVI abordó otros temas, se refirió, por ejemplo, a la necesidad de un “consenso moral” en torno a los valores fundamentales ligados a la dignidad de las personas, e indicó que las estructuras sociales justas no nacen ni funcionan al margen de ese consenso moral. Estos temas constituyen asuntos donde la fecundidad del pensamiento papal ha sido reconocida por personas no creyentes o pertenecientes a otras denominaciones religiosas. Ojalá la riqueza contenida en el modo como Benedicto XVI aborda estas cuestiones, no se vea opacada por insuficiencias comunicativas originadas en lenguajes periclitados o en prácticas incoherentes.

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