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Tugurimole Fernando Durán Ayanegui Hace unos veinte años, la comunidad de Montes de Oca estaba enfrascada en un serio debate sobre la arquitectura de un proyecto que iba a provocar de golpe, en el paisaje de la ciudad de San Pedro, un cambio más impactante que el producido en la misma zona, desde cuatro décadas antes, por la apertura y el desarrollo de la Ciudad Universitaria Rodrigo Facio. Se trataba de una mole rojiza que se levantaría según un diseño que a la mayoría de los habitantes del cantón nos parecía el súmmum de la fealdad. Sin embargo, bendecida por todas y cada una de las autoridades involucradas, no hubo más remedio que aceptar la erección de la memorable plasta. Una vez construido el gigantesco y casi sepulcral adefesio, quienes estábamos obligados a pasar frente a él le fuimos tomando afecto e, incluso, dimos en reconocerle algún valor estético dentro de lo que bien podríamos llamar una nueva escuela del arqui-esperpento. Con el tiempo, llegamos a imaginar que, para concebirlo, sus arquitectos se habían inspirado seguramente en los paisajes de la serie de dibujos animadosLos Picapiedra y, avenidos como somos, aceptamos su incorporación a nuestra idea de lo tolerable. Al menos, pensábamos, la mastodóntica edificación se conservaría limpia y bien cubierta con una pintura cuyo color nos recordaba el de los tiestos que caen en el piso tras la ruptura de una piñata y, ya fuera vista desde el paso elevado que lleva de sur a norte rumbo a Sabanilla o desde la ancha avenida que marca la ruta hacia Cartago, nos daba la esperanzadora sensación de que, si lloviera durante tres días seguidos, el agua arrastraría consigo aquella inmensa torta de arcilla endurecida. “Fea pero hermosota”, se decían algunos mientras desviaban la mirada hacia las montañas o hacia las nubes, y debe de haber existido un sacerdote que, desde el confesionario, pusiera como penitencia la obligación de mirar el horrendo edificio durante media hora; pero de nada valió la tolerante sumisión del gusto ciudadano a los raquíticos delirios de unos diseñadores víctimas del dengue hemorrágico, pues ocurre ahora que la infernal fachada se ha ido cubriendo de enormes vallas publicitarias de lo más antiestéticas que, a fuerza de soportar vientos y lluvias y padecer el descuido gráfico de alguna agencia de publicidad, comienzan a parecerse a las paredes de lata de zinc características de los más desfavorecidos tugurios de Costa Rica. ¿Comprenden, entonces, mis compatriotas, por qué, aun a riesgo de nuestras vidas, los habitantes de Montes de Oca cerramos los ojos cuando nos acercamos a laFuente de la Hispanidad ?
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