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Resurgimiento de las dos Españas

La idea del actual Gobierno español de ir sumando minorías radicales parece un error

Enrique Gomáriz Moraga

El ambiente político español se ha hecho cada vez más irrespirable. La crispación, la intolerancia, la incapacidad de escucha, han vuelto a caracterizar la vida política del país ibérico. Los analistas han comenzado a estudiar las causas de este regreso al drama nacional de las dos Españas.

El pasado 15 de junio, cuando se conmemoraba en el parlamento el treinta aniversario de las primeras elecciones democráticas, un hecho simbolizó esta situación: ninguno de los dos principales protagonistas de la transición, Adolfo Suárez y Felipe González, acudieron al hemiciclo. Dicen los medios que el primero por enfermedad y el segundo para dar una muestra de su rechazo al clima político reinante.

El drama histórico de un país dividido prácticamente en dos mitades irreconciliables hunde sus raíces en la formación de un Estado moderno precoz –para el medio feudal europeo– con una extraordinaria centralización y eficacia orgánicas, capaz de levantar en pocas décadas un imperio militar-religioso donde no se ponía el sol, pero basado en una extrema ortodoxia ideológica, que encabezará en Europa la contrarreforma, y dejará a la mitad de su población (de origen árabe, judío y aun cristiano) con el alma echa jirones.

La gloria imperial será un pesado lastre para un país que trata una y otra vez de adentrarse en la modernidad. Y de esos intentos acabará surgiendo la otra España, de vocación republicana y radical, aplastada intermitentemente y presa de un resentimiento feroz. En el siglo XVIII la dinámica de la lucha fratricida ya era una evidencia. Goya la recogerá en ese cuadro terrible en que aparecen dos majos, con las piernas enterradas en la tierra, condenados a golpearse con sus garrotes hasta destrozarse mutuamente.

Guerra civil. La segunda República, en los años treinta del pasado siglo, fue quizás el episodio mas claro para superar esta dinámica e incluir a España de una vez en la modernidad. Por razones internas y externas el espacio se estrechó rápidamente hasta desembocar en una cruenta guerra civil. Machado dejará constancia del drama: Españolito que vienes al mundo/ te guarde Dios/ una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón.

Cuarenta años más tarde, tras la muerte del dictador Franco, se abrió definitivamente la oportunidad de construir un país democrático. Aunque España continuaba siendo uno de los países mas atrasados de Europa, ya no estaban presentes las graves condiciones socioeconómicas que fomentaban la explosividad del pasado. Sin embargo, todavía podía apreciarse un nivel de enfrentamiento peligroso en el plano ideológico-político. Pero en esta ocasión, la memoria histórica fue una semilla que germinó adecuadamente en las principales fuerzas políticas españolas. La reforma pactada –y no la ruptura– fomentó una transición ejemplar y permitió una Constitución capaz de alojar cómodamente tanto gobiernos de izquierda como de derecha. Pareció que la dialéctica política de la exclusión del otro quedaba para siempre en el pasado.

¿Cuáles son, entonces, las razones que explican el resurgimiento de ese enfrentamiento político sin paliativos, propio de aquellas dos Españas irreconciliables?

Desde las filas socialistas se argumenta que la crispación es el único recurso que le queda a una derecha que fue desplazada del poder por mentirle al país (guerra de Iraq/atentados de Madrid). Su falta de credibilidad le hace recurrir a un discurso de tierra arrasada. Un error político, aseguran los socialistas, pues esta estrategia se volverá contra sus promotores.

Desde el campo conservador se afirma todo lo contrario: Zapatero tiene formas suaves y melifluas, pero sus proyectos son verdaderos misiles contra el espíritu de reconciliación que fomentó la transición democrática. Sus alianzas con sectores radicales no solo rompen los consensos globales, sino que apuntan directamente contra la Constitución.

Clima de crispación. Como suele suceder, hay algo de cierto en ambas argumentaciones. El socialista José Maria Maravall tiene razón cuando asegura que la derecha considera que los socialistas “usurparon” el poder en una coyuntura casual, referida al descontento por la implicación de España en la guerra de Iraq, recogiendo muchos votos que no respondían al programa de Zapatero. Y la irritación derechista al respecto no ha parado de crecer.

Pero las críticas al Gobierno tampoco carecen de fundamento. Hay que retener que el actual PSOE, que ganó las elecciones por un estrecho margen, partió con un discurso de integración nacional, pero pronto se inclinó por una estrategia consistente en tratar de ir sumando a su cauce minorías sociales y políticas. De ahí las concesiones a sus reivindicaciones radicales. Como si los derechos de las minorías, desde los homosexuales a los nacionalistas, se dieran en medio de la nada y los derechos de las mayorías y sus opiniones no contaran políticamente.

El problema de fondo es que la idea de armonización de derechos, tan cara al abogado Felipe González, parece no estar en el menú del Gobierno, el cual, ante la disyuntiva de mantener un consenso mínimo con los conservadores sobre asuntos de Estado o hacer alianzas con minorías sociales y políticas para cualquier tema, ha elegido lo segundo. Por bisoñez o por exceso de celo, considera innecesario hacer cálculos sobre los riesgos de incrementar el disenso global en torno a temas medulares.

Una prueba de lo anterior es el hecho de que, en medio del clima de crispación, el Gobierno haya priorizado la legislación sobre “memoria histórica”, que se remonta a los orígenes del franquismo, y supone para la derecha “una traición a la voluntad de reconciliación de los españoles”. Ello, además, a las puertas de unas elecciones locales.

Los resultados de esas elecciones han aclarado algunas cosas. Al superar por 160.000 votos al partido del Gobierno, los conservadores han demostrado que su crispación tiene detrás un descontento de mayorías y no solo de élites. Por otra parte, se ha puesto de manifiesto que ese clima de crispación no se vuelve contra ellos. Pero, sobre todo, han mostrado un nuevo mapa electoral: tradicionalmente el progresismo español ha recibido su apoyo de las grandes ciudades, mientras la derecha lo obtenía de las zonas rurales. La fuerte caída del voto socialista en grandes urbes y espectacularmente en Madrid señala claramente que hay voto informado que están perdiendo. Definitivamente, la idea de ir sumando minorías radicales, como si ello no afectara a las mayorías, parece un craso error, que, además, contribuye, junto con la derecha, a resucitar el trauma ideológico de las dos Españas.

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