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EDITORIAL

Un cambio hacia Cuba

El fin del embargo de EE.UU. puede promover la democracia en la isla
Cuando una política demuestra su ineficacia, la lógica impone cambiarla


Hace tiempo legó la hora para que el Gobierno de Estados Unidos levante su embargo comercial a Cuba. Por esto, la iniciativa presentada el jueves ante la Cámara de Representantes por cuatro legisladores (dos demócratas y dos republicanos) para “flexibilizar” esa política, es un paso en la dirección correcta. Sin embargo, se queda corta, tanto en sus limitados propósitos (promocionar las ventas agrícolas) como en la razón que da para impulsarlos: abrir oportunidades a los exportadores estadounidenses, para evitar que se mantengan en desventaja con los de otros países en la isla.

Los argumentos para terminar con el embargo son múltiples. Uno, aunque el más estrecho, es el que mencionan los cuatro congresistas. Mientras los exportadores e inversionistas de los demás países del mundo pueden comerciar o establecer negocios en la isla (siempre dentro de los estrechos límites del régimen totalitario y las precarias condiciones internas), los de Estados Unidos deben sumar, a esos obstáculos, los que emanan del embargo impuesto por su Gobierno. Por esto, ciertamente, están en absoluta desventaja ante los europeos, canadienses, chinos, mexicanos o brasileños.

Sin embargo, hay muchas razones más, sobre todo desde el punto de vista político para cambiar de estrategia. La más poderosa se asienta en el realismo político. Simplemente, el embargo no ha funcionado como instrumento para promover la democracia en Cuba. Al contrario, ha servido como un instrumento de manipulación y propaganda que el régimen utiliza para justificar sus crónicos fracasos económicos y sociales y su burda naturaleza represiva.

El verdadero obstáculo para las inversiones y el comercio internacional en Cuba no es el embargo. Es la naturaleza del régimen, que conduce a la postración económica e impone condiciones muy difíciles para las inversiones, sobre todo por la inseguridad jurídica. Pero, dentro de estas limitaciones propias, lo cierto es que, a pesar de la política de Estados Unidos, ha podido comerciar libremente e, incluso, adquirir productos estadounidenses en terceros mercados. Por esto, el embargo ha sido sumamente limitado como instrumento de cambio, y muy manipulable como herramienta exculpatoria de Castro y sus corifeos.

Si la política de Estados Unidos no ha cambiado a pesar de esta realidad, es, sobre todo, por consideraciones internas. La principal es la fuerza electoral que tiene la población cubanoamericana, sobre todo en Florida y Nueva Jersey, dos estados claves, y su tendencia a apoyar a los candidatos que respaldan el embargo. No obstante, las preferencias y sentido de realidad de esos cubanos con nacionalidad estadounidense han venido modificándose, por lo cual el peso de esta motivación se ha reducido. Además, dada la situación interna de Cuba, y el propio calendario electoral estadounidense, las condiciones son propicias para un cambio sustancial.

El presidente George W. Bush ya no puede reelegirse; por ello, tiene un gran margen de libertad para tomar la decisión. En la medida en que tuviera costos políticos internos, estos serían muy limitados, se dirigirían hacia él, no a los candidatos de su Partido Republicano, y estarían compensados por ganancias, tanto comerciales como de política exterior.

Pero, más importante aún, en estos tiempos de cierto flujo en la cúpula del poder cubano, por la mala salud del dictador, la finalización del embargo, acompañada de una intensa campaña por la democratización de la isla, tendría un fuerte impacto interno. Una iniciativa de esta índole eliminaría de la retórica castrista su principal estribillo propagandístico y manipulador, enfrentaría al régimen con un serio reto político y económico, y daría a los Estados Unidos una gran capacidad de concertación política hacia Cuba con sus aliados europeos; también, con aquellos de América Latina que se interesan genuinamente por la situación de los cubanos.

Estamos en el punto donde el fin del embargo, no su permanencia, es lo que podría incidir realmente en estimular la democracia en Cuba, aunque, por desgracia, sin ninguna garantía de éxito. Por ejemplo, con su usual arrogancia, la dictadura castrista acaba de rechazar un diálogo que le propuso la Unión Europea. Pero ante la ineficacia de la política actual, ha llegado la hora de un cambio. Cuanto más pronto sea, mejor.

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