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En Vela


Julio Rodríguez


El tema de los matrimonios por poder, realidad jurídica indiscutible, ha dado lugar, a la tica, al poder de subastar matrimonios. En toda sociedad hay normas, instituciones y valores pétreos, y, más aún, algunos de ellos sagrados. Bien sé que estas afirmaciones chocan de frente contra la dictadura imperante del relativismo. Nadie me convencerá de lo contrario. Si todo es relativo, esto es, si todo vale, no nos asustemos. ¡Adelante con los faroles!

En estos años la cuestión de los matrimonios por poder a la tica ha pasado inadvertida. Ha sido noticia, pero no objeto de reflexión y, mucho menos, de reforma pronta y cumplida. Esta indiferencia posiblemente se engendra en la devaluación del matrimonio –hombre y mujer– en el mundo y en una estrategia permanente contra esta institución. La factura social y moral la estamos pagando con creces y sus efectos en el futuro de la humanidad serán desastrosos, como ocurre siempre que se ensucia lo esencial, lo que está en la base de la especie humana.

En Costa Rica se ha mancillado la institución del matrimonio en forma grotesca. Se ha trocado en mercancía en aquellos matrimonios por poder cuyo cometido no es el matrimonio, sino un negocio de notarios y de mercaderes, una trampa, un embuste y, por supuesto, el peor mensaje de cinismo para niños y jóvenes. Todo vale, todo se puede comprar, todo se puede prostituir. El éxito, a cualquier precio.

La cuestión ha llegado a tal punto que, en esta pugna, se han trenzado tres instituciones: Migración, el Ministerio de Seguridad y la Sala Constitucional. Las tres tienen razón en su ámbito: las dos primeras por la gran subasta internacional y la segunda por motivos constitucionales contenidos en más de 700 sentencias. Urge armonizar la angustia y la ley, vigente o futura.

“Yo estaba un día en media calle y varios sujetos me ofrecieron ¢25.000 para casarme y acepté”, dijo un hombre. “Aparezco casada con un extranjero, al que no conozco y, por ello, ni siquiera me dan un bono de vivienda”, declaró una mujer. El drama se repite por millares. Una turba de notarios (des-almados) a la caza de hombres y mujeres para legalizar la ficción de un matrimonio por una paga para la víctima, quien así aplaca su hambre por unas horas.

La confusión de conceptos, esto es, de haces iluminadores –para la conciencia– y de motores rectores –para la acción– en cuestiones esenciales, teóricas y prácticas, se ha convertido en una babel en nuestro país. Una terrible modalidad de subdesarrollo y de oscurantismo.

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