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EDITORIAL

Otra invitación al cambio

Según datos del Ministerio de Trabajo, el sindicalismo costarricense ha venido debilitándose en los últimos 17 años
El sindicalismo se halla en un círculo vicioso: los mismos dirigentes con la misma ideología, los mismos métodos y las mismas proclamas no quieren cambiar


Los estudiosos del sindicalismo, así como los dirigentes sindicales y las personas interesadas en este tipo de organización social deben analizar con objetividad los datos emanados del Departamento de Organizaciones Sociales del Ministerio de Trabajo, publicados ayer por La Nación . Son la reiteración de otras señales de alarma sindical que, en el pasado, no se han tomado en cuenta.

La reacción de los líderes sindicales y de algunos profesionales y dirigentes políticos generalmente ha consistido en desdeñar las cifras estadísticas o los resultados negativos de las encuestas sobre la percepción de la gente sobre el movimiento sindical. Esta posición ha sido contraproducente. La desvalorización y disminución del sindicalismo ha continuado y no se ha palpado, por mucho tiempo, algún esfuerzo de rectificación o de cambio. Pareciera, más bien, que el interés de los dirigentes se ha centrado en mantener el poder y no en reorientar el movimiento sindical. Por ello, los fines específicos y genuinos del sindicalismo se han venido opacando paulatinamente. El sindicalismo se encuentra, pues, en un círculo vicioso: desmejoramiento a ojos vistas, cada vez más patente, y desinterés de los dirigentes sindicales en ponerse al día, en liberarse de sus amarras ideológicas, totalmente desfasadas, y en salir de su sopor intelectual.

Según el Ministerio de Trabajo, en los últimos 17 años, el porcentaje de trabajadores afiliados a algún sindicato decayó de un 15% a un 9% de la población ocupada del país. Al parecer, “la tasa de crecimiento de la población ocupada – como explicó el viceministro de Trabajo, Guillermo Matamoros, crece más rápido que la población ocupada que decide sindicalizarse”. Asimismo, los trabajadores jóvenes tienen poco interés en afiliarse a un sindicato. Otro dato relevante indica que, en el mismo lapso, el número de sindicatos decayó en un 60% (de 420 en 1990 a 252 en el 2006). Habría que investigar también cuántos de los sindicatos inscritos se encuentran vigentes. Esta tendencia decreciente es mundial, como zigzagueante ha sido la desafección política. Sin embargo, la comparación no es correcta. Los partidos políticos, como los equipos de futbol en un campeonato, ambos sometidos a una dura competencia, se encuentran en la mira ansiosa y exigente de la gente, que les reclama resultados contantes y sonantes. Los sindicatos, en cambio, teóricamente, como dice nuestro pueblo, tienen todas las de ganar. Las encuestas, sin embargo, los colocan en el mismo nivel crítico de los partidos políticos, objeto, por cierto, permanente de las críticas de los dirigentes sindicales.

Las causas del deterioro del movimiento sindical en el país son varias. Sin embargo, campea entre ellas la falta de liderazgo de los dirigentes, dados su escasa preparación, su anacronismo ideológico, manifiesto en un lenguaje emotivo y extraviado, su arraigo en los cargos, la cansina cultura del “no”, sus dudosos métodos democráticos, su desdén por el Estado de derecho y por la institucionalidad democrática, un asesoramiento igualmente desorientado y un desconocimiento deplorable de lo que está pasando en el mundo o en el país. Este cuadro se torna aún más sombrío por la falta de crítica interna y de debate que los saque de su marasmo y ponga, de esta manera, al sindicalismo en el sendero del conocimiento real de su situación y, desde ahí, de la rectificación y de la actualización. Sin apertura de puertas y ventanas, con lucidez y coraje, un movimiento social está realmente condenado a la confrontación y a repetir proclamas, lo que no es, por cierto, señal de vida.

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