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Al maestro Arnoldo Herrera El Conservatorio espera con desesperación que hagamos algo por rescatarloViviam Quesada Rodríguez Periodista El pasado 6 de junio se cumplieron 84 años del natalicio del gran maestro Arnoldo Herrera, fundador del Conservatorio Castella. Don Arnoldo era uno de esos hombres maravillosos que nacen con su destino definido. Su sensibilidad de fino artista le vino con su naturaleza: nació absolutamente artista. El maestro tuvo su infancia tal y como la concibió para los niños que vio llegar todos los días al Conservatorio. Los recibía con todo entusiasmo, emocionado, cada uno por su nombre, apodo o sencillamente por su vocación; podía señalar a cualquiera de sus queridos discípulos, con todo rigor, que algo no estaba bien; los estimulaba a buscar la perfección. Su filosofía consistía en el principio fundamental de la libertad; para don Arnoldo el arte era libertad: “Solo en la libertad pueden crear”. Por eso, el Conservatorio Castella no tenía uniformes, no tenía horarios rígidos, era una finca rodeada de grandes árboles y cafetales donde, como dijo el poeta Jorge Debravo, cada uno tenía “su propia parcela de aire”. El ambiente era inmejorable: dos jornadas, en la mañana las lecciones académicas, por la tarde las artísticas, y entre una y otra un almuerzo sencillo. Si se tiene que definir una verdadera orden religiosa, el Castella la define, pero su religión encierra un profundo y auténtico amor al arte, en todas sus expresiones, total y plural, inclusivo e igualitario, todos hermanos, todos una familia. Sublime amor. Hoy, el Conservatorio espera con desesperación que hagamos algo por rescatarlo; debemos hacerlo y muy pronto. Sus frutos recorren todos los caminos, los propios y los extraños, dejando huellas al andar; cada uno lleva una marca tatuada en su mente y en su corazón, el arte nos convidó a tener una vida distinta, especial y auténtica. Hoy puedo decir que don Arnoldo me cambió la vida y el destino. Si algo aprendí del maestro fue a sentir amor por el arte, la más sublime de las disciplinas del ser humano. Gracias a don Arnoldo, hoy puedo implorar, puedo exigir a todos aquellos que fueron bendecidos por Dios con ese don maravilloso, para que no renuncien nunca a su inspiración y que, cada vez que las musas los convoquen, acudan con toda prontitud, pues muchos estamos siempre, siempre, esperando para aplaudirlos, emocionados y llenos de admiración. Don Arnoldo es Benemérito de la Patria, en nuestros corazones lo llevamos con orgullo irreverente y con todo alborozo le agradeceremos por siempre lo que hizo por nosotros, lo que hizo por la Patria.
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