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La tardía toma de conciencia Los viejos siempre terminamos el estéril sermón con un resignado: “Tené cuidado”Rodrigo Maffioli Navas De la edad depende cómo nos relacionamos con el mundo, con la sociedad, con los simples mortales que comparten una oficina, el barrio o la ciudad en que vivimos, porque la intolerancia es directamente proporcional a los años que alcanzamos. Cuanto más viejo, más cascarrabias. Será que la susceptibilidad a detalles otrora insignificantes se magnifica con los años, que esperamos que los demás actúen como lo haríamos nosotros en cualquier trance de la vida y no tenemos ya paciencia con la gente que, aún advertida de su error de cálculo, insiste en una mala decisión para averiguar por la vía del “coscorrón” que estaba equivocada. Recuerdos. El tema es obligado en la relación con los hijos y los amigos de generaciones más recientes. Recuerdo mi juventud, que no fue exactamente la de un santo, pero las aventuras y la osadía de aquellos tiempos, comparadas a lo que divierte a la juventud de hoy, resulta un juego de niños. Cómo se acercan al peligro, por qué lo buscan exponiéndose al desafuero de masas enardecidas, apasionadas por cualquier evento de moda: un concierto, un partido de futbol, o cómo caminan en la cuerda floja al subirse en un carro con unos amigotes ahogados en licor, con suerte, sino, más bien, embrutecidos por el consumo desmedido de algún estupefaciente o más “cruzados” que el saco de Carlos Gardel. Con la interminable lista de noticias aterradoras: accidentes de tránsito, asesinatos, violaciones, raptos, mutilaciones, sobredosis, pérdida permanente de las facultades y un sinfín de consecuencias de la sordera, intencionada y voluntaria, a las advertencias de quien por su experiencia, edad y olfato, puede prever lo que conviene y lo que derivará en una situación descontrolada, los viejos siempre terminamos el estéril sermón con un resignado: “Tené cuidado, que Dios te acompañe, no vengás muy tarde”. Esa es la ley de la vida. Si somos jóvenes, no tenemos experiencia y “echando a perder” aprendemos, para llegar a viejos con mucha experiencia, que trataremos de compartir con otras generaciones que no quieren oír y prefieren experimentar en carne propia para dar una vuelta más al reloj de la historia sin fin, nuestra vida, la que nadie puede vivir por nosotros. Graduados. Sin embargo, como toda iniciativa debe tener un propósito y escribir este mensaje debiera dejar algo sembrado en alguna conciencia, hago un llamado a la tolerancia y el respeto para con los adultos mayores, los que ya nos graduamos en la universidad de la vida, alcanzando la edad madura gracias a que tuvimos algún cuidado al atender el consejo y las advertencias de nuestros padres. Por eso, levanto hoy mi voz para decir: Juventud de Costa Rica, el precioso regalo de la vida ciertamente les pertenece, pero, así como no permiten ni aceptan en muchos casos el consejo o que alguien tome una decisión por ustedes, no permitan tampoco que el desvarío, la ligereza ante un vicio o alguna irresponsabilidad se la arrebate antes de tiempo. Es un hecho que el hombre envejece demasiado pronto y la sabiduría llega demasiado tarde.
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