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Noticias Opinión:

EDITORIAL

Lo ocurrido en el Liceo de Pavas

En la escalada de la violencia, este es un episodio revelador de un problema social de vastos alcances
Una poderosa advertencia para distinguir entre las tareas esenciales, que comprometen nuestro futuro, y todas las otras


La Nación destacó anteayer en la primera página la noticia sobre la suspensión de clases en el Liceo de Pavas y la necesaria intervención de la Policía por una serie de actos de violencia, amenazas de muerte contra los profesores, riñas entre los alumnos, venta de drogas y otros hechos, todos ellos, de naturaleza delictiva.

Quizá algunas almas pías califiquen este tipo de informaciones como sensacionalistas o amarillistas, o bien, como un intento de desacreditar una comunidad o un colegio público. Este tipo de reacciones han sido corrientes en el país, ante graves actos de violencia o de corrupción, a fin de evadir el enfrentamiento con la realidad. En cuanto a denuncias menos graves, pero cada vez más frecuentes en algunos colegios e igualmente preocupantes, la indiferencia ha doblado con presteza la página. Sin embargo, la droga, la violencia, la corrupción de menores o el mal ejemplo de algunos profesores han seguido tocando las puertas de las instituciones educativas.

Lo ocurrido en el Liceo de Pavas no es un hecho esporádico. Tampoco es la tónica o el estilo de vida en una comunidad que, como sabemos, es honrada y laboriosa, en la que las familias y diversos grupos sociales y religiosos luchan afanosamente por su saneamiento y desarrollo. Desventuradamente, basta una minoría de adultos y de menores de edad descaminados para que, en un contexto social de riesgo y tras una secuencia de actos de violencia desatendidos, poco a poco se afiance la delincuencia, al punto de penetrar en las instituciones llamadas precisamente a educar y a contener, por la fuerza de los valores y el ambiente apropiado, las fuerzas sociales disociadoras.

La descripción de los periodistas Hassel Fallas y Jairo Villegas, anteayer, sobre el ambiente en el Liceo de Pavas no es una noticia más. Tampoco representa otro aldabonazo para el sistema educativo nacional, tanto público como privado. Más bien, es parte significativa de un diagnóstico, dictado por los hechos, y de una metástasis amenazante de alcance nacional. No exageramos al decir que así han comenzado en otros países las maras o las bandas delictivas juveniles, mezcla de pobreza, exclusión, deformación moral, desintegración del hogar, irresponsabilidad familiar, indiferencia institucional, hacinamiento, un ambiente social, próximo y distante, cargado de malos ejemplos, de violencia y desprecio por los valores morales; la falta de autoridad y, en general, la pérdida del sentido de la convivencia y de la vida. El problema es vasto y hondo.

La lectura de nuestra información de anteayer merece un repaso continuo. Algunas de las escenas descritas parecieran propias de un ambiente carcelario, donde el director y los profesores (educadores), víctimas de algunos estudiantes, representarían a los guardianes, presas del miedo y blancos del odio. Pensamos en ellos, para quienes la misión gozosa, por su trascendencia, de la educación se convierte en amenaza y en venganza ajena. Pensamos en los padres de familia, que envían a sus hijos no a un ambiente de seguridad y de superación, sino de inseguridad y, a veces, de degradación. Un terrible contrasentido social.

Lo ocurrido en el Liceo de Pavas abarca a esta comunidad, a otros sectores que se desenvuelven precariamente y a todo el país. Ha sido este un SOS en una hora dada, pero que compromete todo nuestro futuro. Confiamos en que, en esta oportunidad, los dirigentes de todo linaje del país entiendan que este no ha sido un episodio social para solaz de demagogos y fomento de escaramuzas ideológicas o electorales, sino un poderoso golpe social para despertar, para pensar, para actuar y para construir, y, sobre todo, para distinguir entre las tareas esenciales y las otras…

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