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Tenis José Luis Rodríguez jorodriguez@nacion.com Periodista En 86 años de vida nunca antes la Selección de Costa Rica había sufrido tres expulsiones en un encuentro oficial. Si nos preguntamos el por qué de una actuación tan vergonzosa por parte de la Tricolor –en la derrota por 1-0 frente a México–, aparecen varias respuestas. La primera es que acá en el campeonato criollo, donde muchos jugadores se creen “intocables”, los árbitros son permisivos al dejar que los futbolistas les griten, los golpeen y les señalen con su índice sin recibir al menos una amarilla. Estos mismos hombres, pero vestidos de rojo y azul, van a los escenarios internacionales y creen que pueden tratar a los silbateros de afuera igual que a los de acá, con la enorme diferencia de que en el ámbito internacional no se permiten tal clase de malacrianzas. En la Primera División uno se cansa de observar miércoles y domingo cómo los profesionales de nuestro futbol esbozan cualquier cantidad de improperios ante jueces que se dejan apantallar por un apellido o un estadio gritón. La segunda respuesta, pero no por ello menos importante, es que el propio entrenador motiva a sus jugadores como si fueran a una guerra donde se vive o se muere. Debemos recordar que en los días previos al partido ante los aztecas Hernán Medford alentó a sus futbolistas durante un entrenamiento con frases que rayaban en violentas tanto en contra de la prensa como del rival de turno. Eso no solo se oyó y se vio desagradable para quienes estamos en esta profesión, sino que dejó entrever que la conducta agresiva que pueden llegar a tener los seleccionados nace de su propio técnico. Según Medford, quien no resiste críticas, lo que aconteció en el mencionado encuentro fue culpa del árbitro, pero para mí, y estoy seguro que para muchos otros ticos, lo sucedido no es más que la suma de sus berrinches y lanzamientos de gorras al piso. Más que hablar acerca del deficiente rendimiento de la Selección, que, como en muchas ocasiones quedó debiendo, se debe analizar la actitud de un grupo que representa a una nación preciada por su paz y gente amable. No puede ser que futbolistas, e ídolos, ofrezcan semejante espectáculo ante el mundo, y que luego digan que el árbitro les echó a perder un juego que nunca fue suyo. Es por esto que el domingo, mientras observaba a la Tricolor que nunca me cansaré de apoyar, sentí una pena grande por la mala actitud de sus integrantes. Ojalá las cosas cambien, porque si no lo del domingo se repetirá con nuestros “intocables”.
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